La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de marzo de 2017

Los ojos, por MAURICIO JARAMILLO LONDOÑO


Los ojos se le humedecieron. Pero su larguísima tradición de lucha le enseñó que el reblandecimiento del espíritu es lo peor. Con esos ojos de aguadepanela anochecida llenos de pedacitos de caña madura que flotan en ellos miró su ropa lustrosa, bien planchada, pantalón de paño delgado con rayitas azules sobre un fondo oscuro, sus zapatos de cuero finísimo traídos de Italia.
El Don: «Hoy es mi primer día en este encierro; soy un extraño, me miran con ojos de búho, inquisitivos, duros, me examinan de arriba abajo como mosca rara».
El Don: «Ni un conocido, ni una sonrisa de bienvenida, ni una mano extendida, al contrario, ojos de águila, intensos, decenas de ojos penetran mi camisa azul marino de marca, ven mi saco de paño inglés, la corbata de pepas azules; ojos desafiantes, sin miedo, ojos sin reato alguno; caras de presidiarios, malandros experimentados, ojos acostumbrados a la cárcel.»
Él no musitaba una palabra pero, sin cobardía alguna, tampoco bajaba la mirada, resistía el fuego de los ojos ajenos con una serenidad pasmosa, con su propio incendio.
El Don: «Cincuenta y nueve pares de ojos me miran, cincuenta y nueve hombres preguntan quién soy, de dónde vengo, qué hago entre ellos, ven mis ropas con evidente envidia, con rabia, observan mis zapatos, entierran sus pupilas tenebrosas en mi alma, intentan amedrentarme convencidos que sus ojos parecidos a lanzallamas de odio me van a dar miedo…
El hombre a quien por encargo de El Sombrerón debía matar siguió avanzando sin notar la sombra. Nadie alrededor. Caminante y sombra, un fugaz zumbido, la puñaleta de El Chamizo veloz se hundió en el costado, le entró por las costillas a la altura de la tetilla, hacia el corazón ―como con los marranos―, el hombre giró y lo miró, alcanzó a empuñar su revolver pero antes de sacarlo sintió hundírsele profundo el hierro, tocarle la punta de la víscera, abrió los ojos que ya tenía avidriados, y se derrumbó. Chamizo sacó el estilete, lo limpió en las ropas del muerto, le quitó el arma junto con la funda y subió por la pendiente, no por el camino, trochando igual a un armadillo, borrando sus huellas; de nuevo el alarido, el espeluznante chillido: parecía que el monte bramaba. Arribó de noche al rancho, junto a su mamá.
Pues a negociar con el flacuchento y lechoso ese, el cuasi―mudo que espantaba con sus ojos fríos, su mirada de nieve, su garra nerviosa.
Algunos fragmentos de mi nueva novela “LAS MALDITAS GALLINAS SON DINOSAURIOS ENANOS”.

Antonia, por GLORIA ACOSTA.

Autor: M.C.ESCHER.

Antonia era una mujer oronda. La recordé después en múltiples ocasiones cuando Mamita apretaba el corsé a Escarlata O' Hara; hasta su caminar basculante la emulaba.
  La pequeñez de nuestra infancia agrandaba sus curvas hasta el infinito e inflaba aquella sonrisa por la que escapaba su voz potente y rotunda. Pero lo que la hacía singular era su mirada. Nadie supo en años sucesivos acompañar el mundo interior que creó para nosotras con la pujanza de unos ojos.
  Eran por entonces, anchas tardes de pan y mantequilla, cuando las pocas tareas de la escuela dejaban sobrados momentos para el solaz. Antonia vivía dos casas más abajo, en una calle que no atrancaba sus puertas. La suya no era como las demás. Traspasar sus muros era perderse entre los recovecos de sus dos plantas, corretear por las terrazas y azoteas o descender con una larga capa de princesa real, las elegantes escaleras de mármol que conducían al salón donde ella solía acomodar sus caderas en un ancho sillón de orejas, mientras pelaba las papas que descansaban amontonadas en el delantal. Nos observaba, a sus nietas y a mí, entrar y salir de la cocina para asaltar la talega del pan, o jugar al escondite por las múltiples habitaciones que configuraban su reino.
  Nuestro pequeño pueblo quedaba casi siempre reducido a la plaza y a nuestra calle. La escuela, que ocupaba las mañanas, estaba cerca y en ella atamos los primeros nudos que la infancia teje haciendo y deshaciendo, en un entramado que luego el tiempo desata de un lado o aprieta en otros. Y éramos felices. Salíamos al mediodía en tropel y recalábamos en el bar de la esquina para saborear aquellas princesas de bizcocho emborrachado, cubiertas de coco rallado y coronadas por una roja cereza almibarada, preludio del esperado momento del día.  La tarde, la casa grande y Antonia.
  Sabíamos que la caja mágica se abría cuando ella se sentaba en su sillón; deteníamos de inmediato nuestros juegos y nos sentábamos en el suelo, a sus pies. La gran Sherezade cruzaba sus brazos bajo sus generosos pechos, y sonreía accionando el interruptor que encendía la pantalla blanca de su mirada, mientras la estancia se oscurecía hasta desaparecer por completo. Y Antonia inventaba, contaba, pintaba, tejía, un palacio, un príncipe, un mago y un dragón, un laberinto sin fin donde se perdían los niños traviesos o una casita de muñecas que tomaba vida en primavera, y nosotras cabalgando en el carrusel de pegasos voladores pedíamos más.
  Es tarde pero va el último. Y seguía.
  A mí me gustaba perderme en sus ojos. Los abría con fruición mostrando  la puerta de entrada a un mundo interior por el que yo me colaba para saltar las vallas tediosas de la realidad.
  Podía permanecer largo tiempo en silencio y dejar que su mirada derramara por la casa los sueños que cualquier niño pedía tener al dormir. Ninguno estuvo escrito y ninguno repitió. A veces empezaba de la misma manera, y girando en una pirueta inesperada hacia otros derroteros más misteriosos o fantasmales, prendía hasta la ebullición nuestros corazones agitados, para  terminar apaciguados al remanso del fin de la tarde, el final de la función.
  Así se concatenaron los largos días de aquellas anchas tardes mientras el decurso de los años giraba entre su casa y la mía.
  Una tarde Antonia ya no estaba. No recuerdo cuándo ni cómo sucedió. Lo supe al entrar en el salón y vislumbrar la luz cenital que irradiaba su orondo sillón.


La la land, la película, por MAURICIO JARAMILLO LONDOÑO.


Unos ojos gatunos, enormes, entre verdes, grises y azules, me miran desde la pantalla. Esos ojos me perseguirán pues son los ojos del alma, los de la picardía, los de la derrota, los del amor, los de la decepción, los del desafío, los de la resolución, los de la búsqueda de un sueño, los de la felicidad.
Azul azul, verde como el pasto, amarillo pollito, naranja solar, crema, rojo de vida, azul acero, rosa y fucsia, turquesa y limón, albaricoque y escarlata, colores básicos que me acechan, brotan de los vestidos de Mia, salen de los pliegues de sus faldas, de sus zapatos de baile, de las escenas entre luceros y océanos.
Hollywood y sus estudios, los edificios artificiales, las callecitas de un pueblecillo, la heladería, el café salpicado sobre la blusa, el observatorio donde cae polvo de estrellas; de repente, como con la varita mágica de Campanilla se rompen las leyes de la gravedad y se vuela, se baila, se ama, se besa.
La primavera, el verano, el otoño, el invierno, un joven determinado pero frustrado, rabioso con el mundo, queriendo el jazz como si fuese su amante y su sino; una muchacha pelirroja, frágil, blanca como el mármol, repleta de pasión por la escena, por la actuación, ve a ese hombre, lo encuentra ―en una ciudad de millones de habitantes―, se tropieza con él, choca contra su decepción y su cólera, y vuelve y lo halla, es el destino, lo inevitable, el porvenir.
Va a audición, gracias, la próxima; llora de derrota, entra a un salón, oye al pianista y se embelesa, es él: ¡hay que buscarlo!
Y al fin, se emparejan, son dos pájaros libertarios que hipnotizados caen en el enigma del amor, en sentir el aroma del otro, la piel de aquel, el alma gemela, la conversación eterna, las ambiciones frustradas, el jazz, el teatro, el no lograr en la ciudad de las estrella nada; la derrota, huir, vencerse, frustrarse; luchar, perseguir el sueño, perseverar, obstinarse en la idea
Tienen su casa, duermen juntos, se adoran. Bailan, cantan, no resisten estar el uno sin el otro, se apoyan y…
Mia es ya una actriz, tiene un retoño y un marido y un Hollywood a sus pies; Sebastian abre su club de jazz, es feliz. De repente ella entra… se ven de nuevo, él llora en el piano, ella sueña con su vida junto a él…
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Como un perro que se asoma contra el viento fresco desde el carro que conduce su amo, como un huracán limpio venido de la selva virgen, así bebí esta maravillosa película. Ni una gota  de sangre, ni un gramo de violencia, ni un muerto viviente, ni un ladrón maligno, ni un mafioso brutal; solo el destino del amor, el corazón embriagado de ese resoluto que es Sebastian y de esa dulzura que es Mía. ¡Salí feliz!
No es el séptimo arte, es el primero. Escultura pero pétrea, pintura pero enmarcada, teatro pero escénico, música pero instrumental, literatura pero libresca, arquitectura pero edificante. El cine las recoge a todas: ¡qué maravilla!


¡Y qué lástima ser sólo un escritorzuelo!

Miradas perdidas de un pasado incierto, por NURIA HERNÁNDEZ


Jesús moderno y los limones: la vuelta, por PAUL REY.

Los limones



Jesús moderno

LUÍS ANTONIO DE VILLENA (poeta)




Un saludo muy cordial para ABSOLEM. Con mi reconocimiento.

Luís Antonio de Villena.




Nacido en Madrid en octubre de 1951, Luis Antonio de Villena es licenciado en Filología Románica. Realizó estudios de lenguas clásicas y orientales, pero se dedicó nada más concluir la Universidad, a la literatura y al periodismo gráfico y después al radiofónico. Además ha dirigido cursos de humanidades en universidades de verano y ha sido profesor invitado y conferenciante en distintas universidades nacionales y extranjeras.
Publicó, aún con 19 años , su primer libro de poemas, Sublime Solarium. Su obra creativa -en verso o prosa- ha sido traducida , individualmente o en antologías, a muchas lenguas, entre ellas, alemán, japonés, italiano, francés, inglés, portugués o húngaro. Ha recibido el Premio Nacional de la Crítica (1981) -poesía- el Premio Azorín de novela (1995), el Premio Internacional Ciudad de Melilla de poesía (1997), el Premio Sonrisa Vertical de narrativa erótica (1999) y el Premio Internacional de poesía Generación del 27 (2004). En octubre de 2007 recibió el II Premio Internacional de Poesía “Viaje del Parnaso”. Desde noviembre de 2004 es Doctor Honoris Causa por la Universidad de Lille (Francia).
Ha escrito y escribe artículos de opinión y crítica literaria en varios periódicos españoles desde 1973. Ha colaborado en numerosos programas televisivos y sobre todo radiofónicos. Actualmente colabora en El Mundo y en Radio Nacional de España. Ha hecho distintas traducciones, antologías de poesía joven, y ediciones críticas.
A pesar de sus múltiples actividades, y de su gusto por la narrativa y el ensayo, cuando le preguntan, no duda en calificarse como, básicamente, poeta.
Además, Villena es noble. Javier Marías -actual monarca del Reino de Redonda– le otorgó en 1999 el título de Duke of Malmundo.





                                    ALFREDO




Es y no es. Pero el día de sol, mayo caliente, era bien cierto.
Alguien (el curso iba a terminar) nos hizo una foto juntos,
adolescentes varios años compañeros de aula y de colegio…
De pequeños decían que nos parecíamos ¿te acuerdas?
Ambos –incluso más mayores- teníamos rostros casi aniñados,
pero tus piernas y muslos de jugador de fútbol distaban
de los míos, más finos. Por eso no es un error que tú estés
en calzón corto y camiseta y yo esté vestido, de verano casi.
A veces –en el pupitre- me sonreías, sin motivo. Otras, me
mostrabas la dureza de los femorales. Nunca hablamos mucho.
Parece que nos gustaban cosas diferentes, pero eras educado,
dulce…  Yo tengo un hermano que se llama Antonio. Ah, pues
yo un primo que se llama Alfredo. En aquella foto solar y sin motivo
me pasas la mano por el hombro y siento tu fuerza amable.
Pero ahora miro aquellas recias piernas  que soñé acariciar,
como tus ojos y tus labios. Ambos llevábamos igual flequillo …
No sé qué fue de ti, Alfredo. Y ahora dará lo mismo. Es tarde.
La foto cumple una vana justicia, pues dice al espectador lo que
no fuimos. Miente y es verdad su mentira. Somos inseparables
camaradas, yo duermo en tu casa y tú en la mía. Nuestros padres
son amigos. Te ayudo en latín, me enseñas biología… Veo tus
partidos y no te importa ni no sé bastante fútbol. A ti el cine casi
siempre te aburre. Una noche dijiste: Toca, está mojado. Me he
corrido. ¿Quieres hacerlo tú? Y estuvimos desnudos y repetimos
-besándonos apenas- aquellas portentosas sacudidas. Luego no
hablábamos de eso. Esperábamos sólo. Hablabas de gimnasia, de
equipos futboleros, y yo te dejaba hablar para mirarte. Luego,
abrazados o con las manos juntas, nos dormíamos. El cariño
de los chicos no habla, dijiste. No lo sé, es posible. No, no miente
la foto. Fue nuestro adiós, Alfredo. Tus muslos, tus labios, tu secreto,
mi caricia, mi voz susurrante, mi ternura, la nuestra, todo fue verdad.
Las fotos no mienten. Captan lo que es. Y más al fin de una época.

FERNANDO DE VILLENA (escritor)



       
Un fuerte abrazo desde la Alhambra para todos los colaboradores y amigos de la revista Absolem .

Fernando de Villena.


   BIOBIBLIOGRAFÍA
Fernando de Villena  (Granada, 1956) ha publicado veintidos libros de narrativa con títulos como: “Relox de peregrinos”, “La casa del indiano”,  “El hombre que delató a Lorca”, “Sueño y destino”, “Iguazú”, “El testigo de los tiempos”, “Udaipur” , “Mundos cruzados” , “Valparaíso. El secreto del Sacromonte” y “Los conciertos”. Como poeta ha desarrollado una extensa producción agrupada en los volúmenes “Poesía 1980-1990”, “Poesía 1990-2000”, “Los siete libros del Mediterráneo” (2009) y “Los colores del mundo (penúltimos libros de poesía)” (2014). Profesor de Literatura, ha dedicado también algunas obras al estudio de la producción literaria en los siglos de Oro y en el siglo XX y ha escrito ensayos como el titulado “127 libros para una vida”. Pertenece a la Academia de Buenas Letras de Granada, a la Academia Hispanoamericana de las Buenas Letras y al Instituto Patafísico Granatense..



CONRADO ESPÍA EL BAÑO NOCTURNO DELAS DONCELLAS





            Turbando los senderos pálidos de luna, en el estío,

desnudas bajaban con la cómplice noche

a la verde alberca las doncellas.



            Y eran inexplorados continentes sus cuerpos,

nuevos mundos a mis ojos, de tan reales,

y reales eran aun en su desaliño de servidumbre.



            Sosteniendo los tesoros de sus risas

recibían al cristal como a un amante

deshecho por el gozo.



            Surgían luego como cisnes,

salpicando estrellas los cabellos,

perlas los senos.



            Frotándose entre sí se iban secando

bajo la brisa que buscaba arpegios

en las ramas altas de los eucaliptos.



            Ajorcas de ovas en sus pies descalzos,

velos de aromas vírgenes en sus sierpes caderas.



            Ceñidas entre sí volvían, con la vida en sazón,

frescas como escarchados cálices

de madreselvas.



            Y yo, apagada la bujía,

las miraba doliente y las miraba.