La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),
viernes, 14 de octubre de 2016
Balto, nuestro pequeño amigo, por LEANDRO GARCÍA CASANOVA.
Balto era ya un perro viejo, manso e
inocente, en enero de 2015 había cumplido 15 años (que equivalen a 105 de los nuestros) y tenía la salud bastante
deteriorada. Era un pastor catalán, de color canela, y pesaba unos cinco kilos.
Siendo un cachorro lo trajeron de Madrid, junto a su hermana Sara, para regalárselos a un personaje
de Extremadura. Pero no los quiso y, por esas casualidades de la vida, a mi
mujer, Antonia, le regalaron Balto. Sara en cambio murió dos años después,
atropellada en la carretera en una de las veces que se escapó del corral de su
dueña.
Al
principio, Balto también se escapaba alguna
que otra vez de mi casa y correteaba por ahí. Y cuando estaba cansado de jugar
o de ver el mundo, regresaba. Recuerdo aquel día en que lo encontré tirado a la
puerta de casa, en medio de un charco de sangre. El galgo de un vecino le había
mordido en el cuello y Balto pudo
huir y refugiarse en la puerta. Lo llevé al veterinario, en el vespino de un vecino, mientras este llevaba
cogido al perro en el asiento de
atrás. El albéitar le cosió la herida del cuello y el can se salvó. Hace casi
un año, un amigo vino a mi cueva de Guadix y, al despedirnos en la calle, Balto aprovechó para salir por la
cancela atraído por unos perros que ladraban en las cuevas de más abajo. Lo
estuvimos buscando casi toda la noche por las cercanías, sin resultado alguno. Y
cuando amaneció proseguimos la busca, hasta que lo dimos por perdido. Balto tenía cataratas, apenas oía y las
patas traseras le flojeaban bastante.
Sobre las
11 de la mañana, se me ocurrió ir a dar una vuelta por el mercadillo del sábado. Fuimos mirando por la avenida de Medina
Olmos, mi mujer se dio una vuelta por el parque de Pedro Antonio de Alarcón y,
cuando estábamos en la rotonda de las Américas, observé desde el vehículo que Balto subía por la acera de la izquierda
en dirección a la Catedral. Por pura casualidad, me encontré con la imagen
cansina del perro canela. Si hubiera pasado con el vehículo, un minuto antes o
después, posiblemente no lo hubiéramos visto. Lo llamó a voces y, con lágrimas
en los ojos, mi mujer se bajó del vehículo y lo recogió. El perro cayó agotado
en la esterilla del coche y se apegó a los pies de mi mujer, como agradeciendo
que lo rescatáramos de la calle. Balto había
estado más de doce horas andando y no esperábamos que se encontrara a unos
cuatro km de la cueva. No hubiera vivido mucho con el calor que hacía en junio,
pues esa tarde teníamos que marcharnos. De nuevo se había librado de una muerte
segura.
Cuando yo
llegaba a casa, después del trabajo, se acercaba a la puerta y venía a mi encuentro. Antes, cuando oía
bien, llegando la hora se ponía junto a la puerta a esperarme y, cuando oía el
ruido del coche, empezaba a ladrar. Al sentarme a comer, se colocaba a un lado
en silencio mientras yo veía las noticias. A veces pasaba un rato y no me daba
cuenta de su presencia. Entonces le echaba un trozo de pan y Balto se iba tan contento a comérselo. Como
era muy curioso, siempre tenía que olisquear y verlo todo, si entrabas en la
cocina, Balto tenía que abrir la
puerta porque en el lavadero estaba su transportín,
o bien pensaba que ibas a echarle algo de comida. Otras veces se alzaba hasta
nuestras piernas o llamaba la atención, de manera que nos habíamos acostumbrado
a Balto y era uno más de la familia.
La compañía que te dan estos animales fieles y el cariño que les coges no se
pueden describir.
Se había
convertido en el guardián de la casa
y, si tardábamos mucho, nos recibía con ladridos como quejándose por la
tardanza. Todos los días lo sacaba a hacer sus necesidades dos veces: a las
6:15 y doce horas después. Si veía a algún perro, a veces se ponía a jugar y
para casa. De vez en cuando salíamos a dar un paseo por el campo y, cuando nos
veía ponernos las zapatillas deportivas, se ponía muy contento. Pero su salud
se fue deteriorando en el último año. Le daban síncopes (el corazón se le
quedaba paralizado y perdía el conocimiento, hasta que se recuperaba unos
segundos después), cada vez más frecuentes, también tenía arritmias y un soplo
en el lado derecho del corazón. El veterinario le recetó dos clases de
pastillas y últimamente parecía mejorar. Hace unos días, Antonia me dijo que Balto había perdido dos dientes y que estaba
muy delgado.
El 17 de
abril, sobre las 6:20 horas, al subir las escaleras de casa, empieza a toser y
a tambalearse hasta que se queda tirado en el rellano de la puerta. Esta vez no
perdió el conocimiento porque aulló dos veces, quejándose del dolor, mientras
yo lo acariciaba para que sintiera que estaba a su lado. Cuando vine de
trabajar, mi mujer me dijo que se había pasado toda la mañana tosiendo. Por la
tarde, nos fuimos a la cueva de Guadix y, al llegar, lo saqué al campo. Nada
más subir una pequeña y empinada cuesta, Balto
volvió a caer en redondo al suelo. Medio minuto después, se incorporó casi sin
fuerzas para hacer sus necesidades pero estaba muy desorientado, pues se iba en
dirección contraria a la cueva. Ya no podía con su alma y entonces pensé que Balto no llegaría al final del día. Una
hora y pico después, volvió a repetirle el síncope en casa. El perro tenía ya
mal aspecto. Aquella tarde se pegaba mucho a nosotros, rozándonos, tanto que al
andar casi lo pisábamos. Se sentía bastante débil y había cogido miedo, de
manera que necesitaba estar muy cerca de nosotros.
La noche la
pasó bien y sin toser, en el transportín,
pero cuando lo saqué antes de amanecer, la pequeña cuesta de nuevo lo arrojó cruelmente
al suelo. Sin embargo, una vez más, Balto
se levantó como un jabalí herido, tambaleándose y sin apenas fuerzas para
sostenerse, casi no podía alzar la pata para mear. Un rato después, le volvió a
repetir el síncope en la cueva. En poco más de veinticuatro horas, le habían
dado cinco síncopes. A las 10:30 horas, Balto
se montó contento en el coche porque lo sacábamos a la calle. Lo llevamos a
la clínica del veterinario y aquí movió el rabo de alegría porque había una
perra. Cuando lo subí en la mesa para que lo examinara, se puso nervioso como
otras veces. Le explicamos al veterinario las enfermedades que tenía, entonces
nos dijo que el perro tosía porque los pulmones se le encharcaban de sangre y
que cada vez iba a sufrir más, y nosotros también. Decidimos que lo mejor era
sacrificarlo.
El
veterinario le inyectó un sedante a Balto
y, unos minutos después, cuando ya estaba dormido, le puso la inyección de la
eutanasia en el cuello, pues no le encontraba la vena en la pata. Segundos
después, su cuerpo empezó a tener ligeras
convulsiones (una parada cardíaca), hasta que los ojos se le volvieron hacia
arriba y las pupilas se le dilataron. Por fin, el pobre Balto había dejado de sufrir. Era tan bueno, que ya no tendremos otro
perro como él y, después de quince años juntos, aunque esperábamos su muerte, ha
dejado un vacío que no se puede llenar. Se conformaba con la comida que le
echabas, nunca protestaba y siempre salía a nuestro encuentro cuando llegábamos
a casa.
Cada
mañana, cuando le abríamos la puerta del lavadero, él nos saludaba con alegría.
Pero, ahora, cuando entro en casa, el corazón me da un vuelco y todo son
recuerdos porque el roce hace el cariño. Balto
había sido el guardián fiel que siempre buscaba nuestra compañía, porque no
quería estar solo. Nuestros dos hijos lo querían mucho y va a ser un duro golpe
cuando se enteren de su muerte. Unas
horas después enterré a nuestro pequeño
amigo, envuelto en una sábana. Yo
siempre lo decía: “El día que se muera Balto, va a ser un duelo”. Y así ha
sido. Quizá lo resuman mejor estos renglones, de un poema de Pablo Neruda:
Mi perro me miraba con esos ojos más puros
que los míos (…).
Cerca de mí, sin molestarme nunca, ni pedirme
nada.
A propósito de Gabo, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS.
"A Gabo, abandonado en un caño cuando era un
bebé,
con heridas en el alma y en uno de sus ojos.
Hoy es un precioso perro tuerto, pero feliz de estar
entre nosotros."
Quiero
desenterrar tu primer llanto en casa,
abrazarlo
de nuevo
y
describir el pánico
que
sentí al limpiarte las heridas.
Tú
primera bufanda la tejió
el
lamento de un caño repleto de basura.
Ese rastro
común a las personas,
capaces
de mimar la risa de la muerte
por
miedo a obedecer
el olor
del instinto.
El daño
inofensivo quebrantó tu pupila,
la
hechura de cachorro,
dando
al dolor la excusa mediohumana
para
vaciarte al fondo del invierno,
para
poner seudónimo a tus ojos
mitad roble
novicio,
mitad
fosa silente.
y
esparces por la tierra travesuras
sin
saber que hay humanos
que
erizan su desprecio contra ti.
Pero he
de decir a tu favor
que
limpié aquel caño de desechos
por si
algún día quieres entender
el
motivo del ruido en tu memoria.
Los animales nos acompañan como hermanos en el breve paseo de la vida, por CRISTÓBAL CARPIO GONZÁLEZ.
"Para mi amigo Jesús Rodríguez Viñes , habitante de Alcalá de Henares con toda mi amistad acrisolada por el paso vertiginoso de los años."
El ser humano es un ser menesteroso, necesita relacionarse, satisfacer sus necesidades básicas, y por eso, no puede sobrevivir en la soledad absoluta y permanente porque entonces perecería. En épocas remotas el hombre prehistórico necesitaba a los animales para su alimentación, pero con el paso del tiempo, y con los cambios culturales, el ser humano se transformó en un animal cultural, desarrollado y autónomo.
Después de esta explicación necesaria, recordaré mi relación con los animales domésticos , a los que ahora se les llama mascotas, que es una palabra que no me gusta porque parece que suena a gominola o a chicle. Me recuerdo como un párvulo pequeño con un timidez incorregible, cuando iba a la escuela cogido por las manos piadosas de mi Tía Rosa, en un parque rodeado de carballos y eucaliptos, y me acuerdo perfectamente de los ladridos de los perros, que no eran continuos, pero sí habituales, y que me atemorizaban, y entonces, me cogía con más fuerza de las manos de mi tía. Confieso que mi relación con las mascotas no ha sido muy amistosa, pero pasadas unas décadas, mi percepción acerca de algunos perros o animales semejantes se ha ido haciendo más amable y yo me he convertido en una persona más porosa o flexible hacia su cálida cercanía y así comprendo que algunas personas que están solas y además se sienten solas no puedan prescindir de la compañía noble de un perro o de un gato. He tenido amigos muy íntimos que casi han tenido duelos patológicos cuando han perdido o se les han muerto sus perras vivarachas, corredoras , y fieles . Además son las mascotas animales muy empáticos, tanto es así, que hay tal compañerismo entre el dueño y su mascota, que ambos se entienden y se relacionan sin palabras. También cuando una madre se lleva bien con su hija ya no son necesarias las palabras porque tan sólo con el lenguaje no verbal, esas dos personas se están comunicando por el grado tan alto de empatía y por el afecto mayúsculo que las une.
No en vano Francisco de Asís en el Cántico a las Criaturas hace una declaración de Amor a los animales, incluido el hermano lobo, y el Papa argentino ha adoptado su nombre y su estilo sencillo y evangélico para promover un cristianismo abierto y comunitario, y así ha dejado que los pobres visiten la Capilla Sixtina y hasta Patti Smith ha tocado un concierto para este Papa Francisco que conmueve al mundo con sus honradez , y con sus gestos de amor al prójimo, bien que esto sea harina de otro costal.
El Cántico de las Criaturas de San Francisco es una maravilla , y no es necesario ser demasiado religioso, porque cualquiera, ya sea agnóstico o ateo, puede percibir la belleza y la armonía expresadas en esta pieza literaria de gran hermosura y rigor literario , escrita con un afán religioso y con espíritu de humildad y en definitiva es una defensa o un Canto a la Tierra, o una Laudato Si, como la que escribió no hace demasiado tiempo, el Papa Francisco
Asimismo los animales, camaradas de los hombres, en su tránsito breve por la vida han tenido simbologías muy diversas, dependiendo del lugar geográfico y de la cultura de cada índole. Las mascotas tenían un significado religioso en la cultura egipcia, y de hecho, Anubis, era un dios con forma de chacal, es decir, de perro salvaje del desierto, y era el que aseguraba el paso de la vida terrena al más allá, cuestión capital en la cultura egipcia. Además y por esta razón, Anubis se servía de la percepción extrasensorial y muy poderosa del can o perro.
Por último, y porque no quiero ser exhaustivo, también los perros y los gatos se consagraban a Hécate, una diosa greco-romana, que tenía muchos dones y virtudes, y era experta en los viajes espirituales en los que ella corría junto a sus perros que ladraban con gran frenesí, cuando iban a su lado. Los humanos veían la muerte, la oscuridad, el mal humor que titilaba en la luna, cuando viajaban de noche. En conclusión, Hécate tenía poderes para predecir el futuro o lo que es lo mismo para anticiparlo y defendía el derecho del alma a viajar a lugares desconocidos. Hécate podía adivinar el futuro mediato o inmediato.
Así, pues, hemos visto en este pequeño recorrido por algunas mitologías vinculadas con las mascotas, que éstas han tenido un significado religioso y en la cultura celta tenían un sentido de valentía porque los perros desde una época remota habían sido enseñados para ayudar a los hombres y para participar como guerreros en la lucha. Podría ampliar mucho las referencias mitológicas, pero esta página literaria no es el lugar adecuado ni quiero que esta colaboración sea demasiado prolija. He hecho un pequeño esbozo o repaso escueto por algunas mitologías y su parentesco con nuestras mascotas.
Pero sobre eso habría mucho que escribir y no es el motivo principal, que nos llama a en esta colaboración mensual para la revista Absolem o La Oruga Azul que con tan buen pulso y sosiego dirige nuestra poeta, Carmen Hernández Montalbán, creo yo que apreciada por todos los que tenemos el atrevimiento de colaborar en esta página y en este empeño literario que nos depara la felicidad, como diría Borges, ese ciego luminoso.
Concluyo este artículo, con dos poemas relativos al tema propuesto, que espero que os gusten , os lo transcribo con todo mi afecto y mi ilusión.
POEMA
BUEN AMIGO ( A SU DILECTO PERRO)
Buen amigo, fiel perro, has muerto de la odiada
Muerte, de la temida, de la que te escondiste
Bajo la mesa tanto… Tu amorosa mirada
Se ha clavado en la mía en la hora breve y triste
Oh vulgar compañero del hombre, ser divino
Que el hambre de tu dueño gustoso compartías,
Que acompañar supiste el pasado camino
Del ángel Rafael y del joven Tobías.
FRANCIS JAMMES. POETA FRANCÉS.
BENDICIÓN AL HERMANO LEÓN
EL Señor te bendiga y te guarde;
Te muestre su rostro y tenga misericordia de ti.
Vuelva a ti su mirada y te conceda la paz.
El Señor te bendiga, hermano León.
SAN FRANCISCO DE ASÍS.
Paradigma de la humildad y la pobreza.
Zooilógico, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.
Una suave brisa mecía las
ramas de los árboles, cuyas sombras proyectadas sobre los remolinos de
hojarasca conformaban caprichosos dibujos. De fondo, el martilleo incesante del
pájaro carpintero imperial componía una sinfonía monocorde, a la cual era ajena
el papagayo glauco, que se afanaba en abrir una nuez. Del otro lado del nogal,
un pájaro dodo se movía renqueante buscando frutos más jugosos que llevarse a
su curioso pico.
La escena era contemplad por
un joven, atónito y silente. Su mentor hizo un gesto, y el planeador les
desplazó a una velocidad vertiginosa junto al rio. Una pareja de zampullines
surcaban distraídos la caudalosa corriente, mientras que, como pepitas de oro
refulgentes, los sapos dorados se daban un baño en la orilla.
― ¿Te has fijado cómo
brillan estos animales? ―preguntó el adulto.
―Sí, es un color muy
llamativo, les resultará difícil ocultarse de su depredadores―contestó el
joven.
―Hay muchos motivos por los
que una especie resulta atractiva para sus depredadores. Ven, te enseñaré algo
curioso.
El raudo transporte les
llevó en cuestión de segundos a un nuevo hábitat. Atrás dejaron la frondosidad
de la vegetación para adentrarse en la sabana. A pesar de la velocidad, el
vehículo era totalmente silencioso, tanto que el rinoceronte negro no advirtió
su aproximación por la espalda. Ya a pocos metros de él, un nuevo comentario.
―Esta bestia tan plácida desapareció única y
exclusivamente por la creencia de que esa excrecencia de su morro,
convenientemente tratada y consumida, tenía efectos extraordinarios en el
organismo.
―¿Y era cierto?
―Por supuesto que no, pero
algunos interesados hicieron de este bulo un negocio.
―¿Quién podría tener tan
malas intenciones?¿Por qué llevar a la extinción a tan magnífico animal? En
este caso no se servían de él como alimento, como me has contado de otras
especies.
―Jovencito, la cadena
trófica no siempre sigue los dictados del instinto animal. ¿Ves aquellas
sombras en la distancia? Esa es la ciudad, allí terminaremos nuestra
visita, pero antes veamos más cosas que te resultarán interesantes.
Pupilo y preceptor
prosiguieron su periplo tras el galope de un tarpán que se había despistado del
grupo. No muy lejos, se toparon con una manada de quaggas trotando alegremente,
sin saber que estaban siendo acechados por un tigre de Java. El terreno era
cada vez más árido, y en el límite del desierto se encontraron con una jauría
de tigres de Tasmania que, olisqueando, trataban de seguir el rastro de alguna
presa.
―¿Quieres ver algo realmente
grande? Sujétate fuerte.
Virando meteróricamente,
pusieron rumbo a un gran estuario rodeado por un bosque de helechos tan vasto
que no se adivinaba su final. Desde el aire se veían moverse torpes figuras que
zarandeaban las ramas para llevar las hojas y tallos más tiernos a sus bocas.
Diplodocus, brontosaurios, estegosaurios o triceratops se desperdigaban por el
vergel inconmensurable.
―Cuánta diversidad de
especies, y qué distintas. Estas son enormes en comparación con las anteriores.
―Efectivamente. No fueron
coetáneas, cada época tenía su propia flora y fauna, que fue evolucionando en
función de las condiciones climáticas. Lo cual me da pie a mostrarte cuándo se
produjo el cambio definitivo. Hay un espécimen que te quiero enseñar. ¿Ves allá
a lo lejos esa nube proyectada desde la superficie del agua?
Al instante de pronunciar
estas palabras, bajo sus pies, un descomunal ejemplar de ballena azul se
zambullía en el océano, mostrando orgullosa su aleta caudal.
―Un día se dieron cuenta de
que ya no había ballenas, y la razón la encontraron en que los pequeños seres
que estas enormes moles consumían en ingentes cantidades habían sucumbido por
la contaminación. Habían envenenado los mares, también los cielos, el equilibrio
se había quebrado y el planeta dejó de ser habitable.
―¿Pero quiénes se dieron
cuenta? ―preguntó perplejo.
―Tienes razón, todavía no te
he hablado de ellos. Es hora de que los conozcas. Vayamos a lo que ellos
mismos llamaban “civilización”.
De nuevo la aceleración les
desplazó una distancia inimaginable en tan sólo un instante. Flotando a escasos
centímetros sobre el camino resquebrajado por la indómita vegetación, se
adentraron en la ciudad fantasma. Las rectangulares oquedades cinceladas en los
inmensos farallones de hormigón parecían desdentadas bocas de difuntos. Largas
y solitarias avenidas permanecían mudas ante los visitantes, tan sólo el viento
ululaba en los callejones, componiendo estrofas ominosas y remolinos
fantasmagóricos que danzaban sin oposición.
Sobre una colina se alzaba un edificio
singular. Una columnata ciclópea soportaba un frontispicio recargado con
figuras bípedas que alzaban sus brazos al cielo, del que descendían ovoides
bajeles. Se adentraron en su interior. La agrietada cúpula sobre sus cabezas
trazaba rayos de luz en todas direcciones, que incidían sobre grandiosos
paneles. En ellos, imágenes de la actividad diaria de múltiples individuos de
diferentes razas, vívidos retratos de sus ilustres representantes, un compendio
de lo que habían sido capaces de lograr como colectivo.
―Parece una especie
interesante, y muy activa. ¿Cómo se llaman?
―Se autodenominaban
“humanos”, pero por lo que sé, no hacían honor a las cualidades que ellos
mismos se atribuyeron en una de las definiciones de esta palabra. Tenían poco
de solidarios y bondadosos. Al contrario, se afanaban en asesinarse en batallas
fraticidas, y de paso, destruir todo lo que encontraban a su paso. Una vez ya
les salvamos de su destrucción. Cuando su planeta estaba exhausto, cuando la
vida estaba condenada a desaparecer, les trajimos aquí, a este planeta que
acondicionamos especialmente para ellos y el resto de especies. Agua y oxígeno,
eso era básicamente lo que necesitaban para recomponer su destino, para
aprender de los errores del pasado. Previamente, durante eones estuvimos
observando esa esfera azul en el firmamento, que albergaba una variedad
biológica tan distinta a la de otros sistemas planetarios que habíamos
visitado. Clonamos todo aquello que habitó su mundo, incluso aquello que ellos
mismos destruyeron. Y les dimos una segunda oportunidad.
―¿Y dónde están ahora? Este
lugar parece deshabitado desde hace mucho tiempo.
―La desaprovecharon. Con el
paso de las generaciones, nuestra visita redentora, la ayuda desinteresada, se
convirtió en un mito que fue degenerando, hasta caer en el olvido. Cambiaron el
mensaje de solidaridad por el de obediencia, y se volvieron avariciosos y
manipuladores. Crearon nuevas religiones
para controlar a sus semejantes, impusieron castigos a quienes ofendieran a sus
dioses llegados del cielo, se hicieron sacrificios en su nombre. El poder lo
corrompió todo, la guerra era su forma de vida, el egocentrismo su máxima, la
justificación para someter a todos los seres vivientes a su voluntad. Quebraron
el frágil equilibrio del ecosistema.
―Entonces, ¿se
autodestruyeron?
―No. Tuvimos que
exterminarlos. Fue un genocidio necesario antes de que ellos lo aniquilaran
todo, agotando todos los recursos naturales. Otra vez.
―¿A todos?¿Todos merecían
ese final?
―Eres sabio pese a tu
inexperiencia. No, no todos. Esta especie es tan inusual que tomamos una
decisión de la que espero que no tengamos que arrepentirnos.
Se adentraron en las
entrañas del edificio. Descendieron varios niveles hasta una cámara oscura y
fría. Una luz tenue fue despojándola poco a poco de las tinieblas, hasta que se
pudo apreciar un par de siluetas tras una superficie transparente. Dos cuerpos
desnudos, parecidos pero algo distintos el uno del otro, inmóviles, con el
gesto congelado, pero con una inquietante mirada que sin duda hacía vislumbrar
algo de raciocinio, de sensibilidad. Frente a ellos, en un bucle infinito, se
proyectaban imágenes de congéneres suyos cometiendo todo tipo de atrocidades,
matando animales a sangre fría, destruyendo bosques y selvas, arrojando
artefactos destructores sobre la superficie de lo que una vez fue su hogar.
―Pensamos que mostrarles lo
peor de sus actos sería un buen método para instalar el miedo en lo más
profundo de su ser, sus propias crueldades convertidas en las más terribles
pesadillas, y así hacerles rechazar todo aquello que les llevó al caos y la destrucción.
Una lección que tendrán que aprender si alguna vez quieren volver a poblar el
planeta.
―¿Qué son esas inscripciones
que aparecen bajo sus pies? ―preguntó el alumno.
―Son los nombres que les
hemos dado. Proceden de una antigua leyenda de los humanos. «Adán y Eva».
Subieron de nuevo a la
desolada superficie, y dieron un último vistazo al decadente imperio que una
vez se vanaglorió de dominarlo todo.
―Bien, vayamos a visitar la
siguiente galaxia.
Un esférico campo de energía
envolvió de forma instantánea al singular transporte y a los traslúcidos y
esbeltos cuerpos de los visitantes. El maestro formuló un último pensamiento
telepático: ―¿Preparado para viajar a hipervelocidad cósmica?
Corazones con alas vagabundas, por ANA BELÉN HERNÁNDEZ CRUZ.
Te
siento sin tenerte
y sin
verte te tengo en mí,
amigo
fiel, confidente de nuestros secretos,
alma
vagabunda de afecto
y de
inocencia,
tu
mirada entristecida te delata,
maltratada
por la raza humana,
buscando
un cómplice amigo.
Vagas
por la calle endurecida de soledad,
tú mi
fiel amigo cómplice
hasta
de esa mano enemiga
que
te amenaza,
tu mi
fiel amigo inocente,
corazón
vagabundo.
Ni bestias ni repugnantes, por CONSUELO JIMÉNEZ.
Jamás me cautivaron los animales,
su olor, boca, lengüetazos, babas,
cuerpo, pelo, escamas, plumas,
bigotes, dientes, rabo, cola, ubres.
Y esos muslos siempre tensos
copados de moscas comidos a pulgas,
bichos repugnantes extasiados en sangre.
No señores jamás me gustaron los animales,
ya muerto el suspiro me topé con su mirada
luna sin mordaza soberana del contorno
que sedujo mi llegada achicando mis esperas.
Ahora sé que mientras el aire huele
a negra sombra humana el latido de ellos
se yergue noble en el consuelo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




