La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Precipitación, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.

   
El café ya se había quedado frío mientras hojeaba el periódico.       Por delante, otro fin de semana. Si se organizaba bien, tendría tiempo suficiente para leer los trabajos de sus alumnos, los último del trimestre y del curso, y repasar, una vez más, el borrador del ensayo que estaba preparando. Toda una vida dedicada a la docencia, pero si echaba la vista atrás, tenía la sensación de que había dejado por hacer un montón de proyectos, de ilusiones nunca materializadas. Demasiada racionalidad, nunca le había gustado precipitarse a la hora de tomar decisiones, y para una vez que se dejó llevar por el instinto, por las bajas pasiones, su vida se convirtió en una pesadilla, ya nunca saldría a la calle tranquilo.
            Sumido en sus pensamientos, no se dio cuenta de que, desde el otro lado del cristal de la cafetería, alguien gesticulaba. Era Mónica, una de sus alumnas más destacadas. La chiquilla era capaz de expresar ideas muy complejas y desarrolladas con una brillantez que no había visto en muchos años. Cada dos por tres se la encontraba en su despacho, acudía a cada tutoría, a cada revisión de examen. Notó desde el principio que ella sentía alguna especie de atracción por él, no era la primera, por cierto, pero no podía permitirse repetir errores del pasado.

            Mónica sabía donde encontrarle, más de una tarde le había seguido en su deambular por las calles adyacentes a la facultad y conocía sus hábitos. Cual Afrodita moderna, sabía que sus encantos no pasaban inadvertidos para cualquier hombre que se cruzara en su camino. Los niñatos con los que compartía pupitre y que babeaban a su paso sucumbían a sus curvas vertiginosas, pero la mayoría era incapaz de mantener una conversación de cierto nivel intelectual, las hormonas les impedían ver más allá de sus generosos pechos. Alfredo era distinto. Podía ser su padre, es verdad, y su interés inicial, como le ocurrió con otros profesores, no iba más allá de hacerse la interesante para mejorar sus notas. Pero quedó prendada de él sin darse cuenta. Era amable y la trataba con respeto. Sus disertaciones en clase la dejaban extasiada ante tal despliegue de análisis y locuacidad. En definitiva, se había enamorado perdidamente de su profesor de Psicología.

            La muchacha empujó la puerta con ímpetu, tanto que casi hizo caer de la bandeja varios vasos que el camarero se afanaba en recoger de una mesa adyacente.
― Vaya, que casualidad, ¿no? ―le dijo con una sonrisa de oreja a oreja. ― ¿Qué hace por aquí?―en un tono denotaba cierta falsedad, cosa que no pasó le inadvertida a Alfredo.
            ― Pues ya ves― le respondió―apurando un café mientras me pongo al día de lo que ocurre en el mundo, aunque la verdad, mejor no enterarse de ciertas cosas, dan vergüenza― le respondió con gesto torcido, pero cargado de ironía.
            ―Sí, ¿verdad? ―replicó la muchacha haciendo ademán de mover la silla frente a él, con intención de ocuparla. ―Muchas veces pienso que tenemos lo que nos merecemos.
            Alfredo se dio cuenta de que no se trataba de un simple saludo. Tampoco era cuestión de despacharla tal cual, total, las clases ya habían terminado, así que le daría algo de conversación.
            ―¿De verdad piensas eso? ―le dijo mientras despegaba su trasero unos centímetros de la silla, invitándola de ese modo a tomar asiento.
            Mónica retiró la silla, y se oyó un golpe provocado por algún objeto que cayó al suelo. Era un paraguas gris, de esos con mango corto, forrado en piel. Se apresuró a cogerlo del suelo e inmediatamente el hombre se lo arrebató de la mano. El día era soleado, una magnífica temperatura para primeros de junio, cielo despejado y anticiclón para toda la semana, según los pronósticos. Por eso le chocó tanto a la muchacha, aunque se paró a pensar un décima de segundo y la verdad es que la imagen que tenía de su profesor siempre estaba vinculada a aquel paraguas gris colgando de su brazo, en cualquier estación del año.
            ―Hoy no creo que le haga falta―y esbozó una sonrisa burlona.
            ―Eso nunca se sabe. El tiempo es tan imprevisible como el ser humano―sentenció.
            ―Bueno, la meteorología se basa en una serie de parámetros cuantificables y modelos repetitivos; en ese sentido, es mucho más fácil saber cuando caerá un chaparrón que tener la más mínima idea de lo que pasa por la cabeza de alguien en un momento dado. Demasiadas variables, demasiadas circunstancias a tener en cuenta, demasiados sentimientos.
            La conversación adquiría nivel desde el principio. Ya sabía de la inteligencia de la joven, así que se apresuró a seguirle el juego para ver hasta dónde era capaz de llegar.
            ―O sea, que me estás diciendo que para ti sería más fácil decirme cuándo va a empezar a llover que averiguar cual es mi forma de pensar sobre un determinado asunto, por ejemplo, lo que pienso realmente de ti, de verdad, sin hipocresía, tomando como argumentos tu conocimiento previo sobre mi persona y la conversación que podamos mantener. ¿Es así?
            Pronunció estas palabras con tal intensidad que la cría pensó que era una declaración de intenciones, que le estaba brindando la oportunidad de exponer sus sentimientos con algo más que una remota sensación de ser correspondida. Aún así, con astucia, le dio la vuelta al razonamiento, antes tantearía el terreno.
            ―Lo que digo es que el acopio de datos de ciertas ciencias estadísticas dan como resultado aproximaciones más o menos fiables de un suceso concreto. Podrá llover o no, pero la cuestión es que existe un porcentaje mayor o menor de probabilidad de que eso ocurra en base a observaciones previas de fenómenos y circunstancias similares. En cambio, el conocimiento sobre la forma del comportamiento humano, basado en el análisis de la interacción interpersonal, no es una herramienta infalible para analizar a otros sujetos, pues la respuesta a estímulos similares puede diferir tangencialmente en cada caso, en función de diferencias culturales, educación, empatía, etcétera.
            ―A no ser que hayas atendido durante mis clases y te conviertas en una psicóloga de primera―le espetó guiñándole un ojo, al tiempo que compartían una carcajada.
            La disertación era realmente brillante, Alfredo quedó gratamente sorprendido. Prosiguió ahondando en el tema.
            ―Y no olvides un factor clave: el ser humano es mentiroso por naturaleza.
            ―Cierto, pero precisamente esa dosis elevada de autocomplacencia, de egoísmo narcisista, suele ser la clave para que, una mente bien entrenada, pueda distinguir entre alguien honesto y un mentiroso.
            ―Entonces deberías dedicarte a la criminología, serías un hacha en los interrogatorios―volvió a reírse con tanto entusiasmo que se le cayó de nuevo el paraguas. Le cambió el gesto como si hubiese visto un fantasma, lo cual no pasó desapercibido para Mónica.
            ―Parece que estuviera vivo ese paraguas. Va a ser difícil que se lo deje olvidado.
            No hubo respuesta a ese comentario. En cambio, el profesor comenzó a dar muestras de intranquilidad, se asomaba a través del cristal como si se sintiera observado. Mónica, mientras tanto, sacó su móvil y se puso a trastear en la pantalla táctil. Giró el dispositivo y le mostró lo que en ella aparecía.
            ―¿Lo ve? Probabilidad de precipitación: 10%. Es decir, que sería muy extraño que hoy viéramos caer una gota de agua del cielo.
            ―Entonces, por más que hablásemos durante horas sobre el tema que quieras, nunca estarías totalmente segura de que te estoy diciendo realmente lo que pienso. Te quedas con la predicción, y no con el análisis.
            ―Podemos probar―apoyó ambos codos sobre la mesa y parpadeó repetidas veces. Alfredo no pudo evitar mirar de soslayo hacia la abertura de su camisa, ruborizándose de inmediato ante la visión de aquel formidable escote. Ella aprovechó para lanzarle una pregunta incómoda. ―¿Qué piensa de mí?
            ―Pues lo que es bastante evidente, que eres una chiquilla muy inteligente y con un gran porvenir por delante.
            ―¿Chiquilla? ―refunfuñó ofendida. ―Pues no me mira como miraría a una chiquilla. ¿Qué sentiría si alguien mirase así a su hija? ―trató de incomodarle nuevamente.
            ―No tengo hijas, así que no puedo responder honestamente a esa pregunta.
            ―¿Ah no? Pero me habían dicho que le habían visto...
            ―No todo es lo que parece. Recuerda lo que te dije hace un momento, somos mentirosos compulsivos. Pero para tu información, te diré la verdad y así no tendrás que hacer caso a comentarios maledicentes. Me casé hace algunos años. Antes de convertirse en mi mujer  fue alumna mía. Pero no saques conclusiones precipitadas, no soy de esos que se aprovechan de su estatus para encandilar alumnas, simplemente nos dimos cuenta de que, a pesar de la diferencia de edad, estábamos hechos el uno para el otro.
            Esta era una declaración que Mónica no esperaba en absoluto. Tampoco alcanzaba a entender que se lo soltará así, sin venir a cuento realmente. Todavía no le había dado a tiempo a reaccionar cuando Alfredo prosiguió hablando del tema.
            ―Amanda― hacía mucho tiempo que no pronunciaba su nombre, su boca quedó reseca de repente, incluso le pareció que titilaban las luces de la anexa máquina de tabaco―era una mujer muy vital. Estaba aferrada a la vida, pero también jugaba con ella de vez en cuando. Le encantaba el paracaidismo, ¿te lo puedes creer?. Decía que se sentía totalmente libre durante esos pocos segundos que flotaba en el aire, antes de caer hacia la tierra a una velocidad endiablada. Nunca me gustó que lo hiciera, pero, ¿qué podía hacer?. Disfrutaba así, era inmanente a ella.
            La joven asistía atónita a esta confesión extemporánea y ultra petita.
            ―Te habrás dado cuenta de que hablo de ella en pasado. Ya no está conmigo, bueno, ya no está realmente con nadie. Por desgracia, falleció en un ―se tomó un segundo para proseguir―desafortunado accidente.
            Hacía ya bastante tiempo que la idea preconcebida que tenía de su profesor y la motivación que le impulsó a sentarse a su mesa habían pasado a un segundo plano. Sólo acertó a balbucear unas palabras cuando terminó su alocución.
            ―No tenía ni idea, Alfredo. Lo siento.
            ―No te preocupes. La vida es así de cruel, no tenemos ningún control sobre ella, por eso es importante ser conscientes de que nuestro tiempo es limitado, y que hay que aprovecharlo.
            En este punto de la conversación, se produjo un silencio incómodo, cómo si las expectativas que ambos tenían depositadas se hubiesen consumido como una colilla abandonada en el cenicero.
            ―¿Qué haces ahora? Me refiero a que si tienes planes―le preguntó mirándola fijamente a los ojos.
            ―Nada de particular, iba a dar una vuelta por unas tiendas antes de volver a casa.
            ―¿Has venido en coche? El mío todavía está en el taller.
―Sí, lo tengo ahí mismo―contestó apuntando hacia la calle.
―No sé si después de esta conversación todavía te quedarían ganas de compartir un rato más conmigo. El caso es que me gustaría enseñarte un sitio que para mí es especial. Está aquí cerca, no más de media hora.
Casi sin darse cuenta, Mónica se vio conduciendo su utilitario siguiendo las indicaciones de Alfredo. Tras cruzar la ciudad, se introdujeron en carreteras secundarias. El colorido del paisaje en esa época del año era espectacular. Los campos de amapolas se extendían delante de sus ojos como un infinito manto bermellón, que contrastaba con el azul celeste del cielo, totalmente despejado, apenas unos arañazos se dibujaban en las alturas, estelas de aviones que surcaban el éter.
En un cruce, se desviaron por una pista de tierra. A partir de ahí, frondosos pinos flanqueaban ambos lados del camino mientras subían una suave pendiente. Al bajar el pequeño puerto, Alfredo le hizo una indicación para que aminorara la marcha, prácticamente eran las primeras palabras que se dirigían en todo el trayecto. Delante de ellos cruzaba un arroyo de escaso caudal, apenas unos treinta metros de tierra remojada. Lo vadearon sin problema, continuando el recorrido durante unos minutos más.
―Para. Es aquí.
―¿Aquí? Pero si no hay nada, sólo árboles y más árboles.
―Veo que todavía no confías en mí.
Se apeó del vehículo y se adentró en el bosque. Se giró un momento y le hizo una señal con la mano para que le siguiera.
Mónica se sentía como una estúpida, persuadida de forma tan fácil por Alfredo, y al mismo tiempo, abrumada por sentir el privilegio de compartir este lugar con él. El sendero se volvió algo escarpado, una ligera pendiente a la que se asomó y que le hizo detenerse. No podría sin ayuda.
―Yo te ayudo―apareció el brazo de Alfredo para darle apoyo. ―Vamos, casi estamos.
Empezó a escucharse un rumor de agua que iba in crescendo, y hacia allí se encaminaron. De repente, donde sólo se veían árboles y piedras, el asombroso espectáculo de una cascada dejó a la chica atónita. Un arco iris perfecto arrancaba en la base acuosa para perderse en las alturas. Se acercaron más, hasta que las salpicaduras de un agua cristalina y vaporosa les alcanzaron en la cara.
―¡Alfredo! Este lugar es increíble―y le apretó la mano con fuerza, no se la había soltado desde que se la ofreció para bajar la cuesta. Su cara reflejaba una felicidad que no podía esconder.
―¿Verdad que sí? A Amanda también le gustaba mucho.
El comentario la dejó algo perpleja. La había llevado hasta allí para enseñarle esta maravilla de la naturaleza pero no pensando en ella, sino en su difunta esposa. No terminaba de encontrarle el sentido a lo que estaba pasando o cuales eran sus intenciones. Preguntó:
―¿Hace mucho que falleció tu mujer? Porque no haces otra cosa que hablar de ella―se advertía cierto tono de disgusto en la frase.
―Mucho antes de lo que debiera―respondió. ―Si yo no hubiera sido tan imbecil, seguramente ahora estaría aquí.
            ―¿Qué quieres decir? No entiendo nada.
Estos vaivenes en el comportamiento de Alfredo le habían dejado totalmente desconcertada. Pero lo que nunca hubiese esperado era la confesión que vino a continuación. Alfredo estaba extasiado mirando con fijeza al chorro de agua golpeando sobre la roca.
―No fue un accidente. Te dije que fue un accidente, pero te mentí. Ya te advertí que somos todos unos mentirosos.  Ella descubrió que la estaba engañando, no sé cómo, pero se enteró, porque fue sólo una vez, con una antigua amiga, una tarde de borrachera, recordando viejos tiempos.  No me dijo nada, pero desde que ocurrió, yo la notaba distinta, distante. Algo se le pasó por la cabeza, no podía soportar que no fuese honesto con ella, probablemente si se lo hubiese contado, me hubiera perdonado. Pero no lo hice. Y ella se tomó un tiempo para pensar la mejor forma de que nunca me olvidara de mi pecado. Todos pensamos que algo extraño pasó con su paracaídas, era una persona muy concienzuda con todo. Pero ese día no se abrió. Y yo estoy convencido de que ella no quiso abrirlo.
Mónica estaba estupefacta.
―Por favor, Alfredo, no seas ridículo. Tú convivías con ella, te hubieses dado cuenta de que estaba desequilibrada, habrías observado algo extraño en su comportamiento. ¿A quién se le ocurriría hacer algo así?¿Y por qué?
―Ella era más lista que yo, mucho más lista, no te quepa duda. Tomó la decisión y se precipitó al vacío de forma consciente. No sólo eso, dejó escrita una última voluntad, quería que sus cenizas se esparcieran por el cielo, quería seguir flotando eternamente. Y así lo hicimos, yo mismo, a pesar de mi vértigo, subí a una avioneta y cumplí su deseo, sin saber que desde ese mismo momento me estaría vigilando para castigarme.
―Me parece que el que estás mal de cabeza eres tú. Si te oyeras. Es ridículo.
―Te pareces tanto a ella. Pensé que tal vez contigo sería diferente, pero veo que me equivoqué.
La conversación ya no tenía ningún sentido ni lógica. Estaba claro que este hombre estaba obsesionado y desequilibrado, y no sabía cuales eran realmente sus intenciones. Así que la mujer optó por marcharse con una última frase:
―Tenía yo razón. El tiempo es más previsible que el ser humano.
Alfredo tardó unos minutos en darse cuenta de que se había quedado sólo, absorto como estaba en sus pensamientos.
De que reaccionó y recorrió el camino de vuelta, sólo pudo ver la nube de polvo que se levantaba en la parte posterior del coche. Le gritó con todas sus fuerzas:
―¡Vuelve, es peligroso! ¡Va a empezar a llover! Creo que todavía no me ha perdonado...
Nadie en sus cabales hubiese creído lo que ocurrió aquella despejada tarde en el faldón de la sierra. Salidos de la nada, unos negros nubarrones cubrieron el cielo en cuestión de minutos. Gotas de lluvia comenzaron a precipitarse contra el suelo con fuerza inusitada, creando una cortina de agua que impedía la visión.
Encontraron el cuerpo de Mónica dentro de su coche, varios kilómetros más abajo del vado del arroyo, convertido en impetuoso torrente, cuyo caudal creció de forma desaforada aquella tarde de primavera. Nadie pudo explicar el extraño fenómeno meteorológico. Tampoco nadie se dio cuenta de que llevaba en su coche un objeto que no le pertenecía, un paraguas gris bajo el que nunca podría guarecerse alguien con un sentido de culpabilidad tan arraigado.


Casi Llueve, por CONSUELO JIMÉNEZ MARTÍN.






La llovizna desbravada

se sincera con la mañana.

Nubarrones descubren

el velo gris del cielo.

Un fleco blanco encendido

cabalga sobre las montañas.

La cara oculta del sol

rasga el zaguán de la existencia

emplazando desierto, oasis, vida.

Escucho al gallo instigador del verso

que insiste en prender mis párpados a la luz.

Amaina la lluvia sin barrer las calles,

las gotas rocían el cristal.

El hálito de húmeda hierba no cala los huesos

y en todas las bocas ya pía el buen día nos de Dios

siendo caricia obligada en las sombras

donde se escurren los sueños.

La piel transpira placidez, casi llueve.


La lluvia ausente, por MERCHE HAYDÉE MARÍN TORICES


(“…de la sequía que en mi conciencia y en mi espíritu existió durante aquella larga época…” (La Dama del Viento Sur, Javier García Sánchez)



Puede que haya sequías que asolen nuestros campos. Puede que nuestro paisaje sea árido y marchito. Puede que el estío dure más cada año y las cosechas sean insuficientes. Y no es que esto no sea importante. Comer es el motor de la vida, para crecer, para reír, para soñar, para ser felices.
Pero esto tiene mejor arreglo que otra clase de sequía a la que yo llamo “sequía emocional”. ¡Qué bien lo describe Javier García en el encabezado de este artículo y de su maravillosa novela!
Atrás quedaron las tardes de lluvia tan serenas, tan llenas de misterio, tan buenas y benditas para el campo. El cambio climático nos está complicando un poco la vida, ¿o somos nosotros los que hemos complicado dicho cambio? Seguramente, con nuestra tozudez.
Pero no tiréis los paraguas, no, nos hacen cada vez más falta. En un mundo sin sentido donde nos pueden apedrear por cualquier motivo, donde no se respetan creencias ni valores, donde ya no se valora el mérito, la lealtad, la emoción de una nueva y maravillosa amistad.
Hasta en la última campaña televisiva de Ikea han tomado nota y venden más vajillas y mesas y sillas de comedor a costa de la inexistente relación entre los miembros de una familia. Promocionan las cenas en familia que en España se perdieron hace mucho… como tantas cosas que nos están obligando a perder ahora.
Es como si un ente invisible nos hubiera programado para crear una cápsula del tiempo en la que hemos metido no lo que es habitual en estos casos: recuerdos, cartas, un mechón de pelo, una cinta, una foto… No, hemos metido el amor, la alegría, la sensatez, la generosidad, la nobleza, la pasión, la ternura, la voluntad, la grandeza, el desinterés, el altruismo, la franqueza, el valor, la prudencia, la reflexión, la sabiduría, el equilibrio, hasta los recuerdos y la nostalgia. Hasta la hermosura y la galantería. Y, por si fuera poco la hemos clavado a martillo implacable para que la pobre Pandora no la abra jamás. Hemos cavado la tumba de nuestro peculiar estuche para sepultarnos nosotros también, ya de paso… 
Y vivimos en plena, peligrosa y feroz sequía emocional. Como hemos enterrado nuestra cápsula del tiempo en los confines de quien sabe qué bosque, pues sólo tenemos la vileza, la cobardía, la envidia, la mezquindad, el interés malsano, el egoísmo, la indiferencia, la sordidez, la necedad y la precipitación (y no en forma de pequeñas esferitas de agua limpia y clara que a veces cae del cielo). Vegetamos junto al olvido, el abandono, la ligereza y el atolondramiento. ¡Qué ingratos y despreciables somos! Pensando, erróneamente, que eso nos hará perdurables, ¿se puede ser más necio? ¿Dónde quedaron nuestros talentos?
Y es que podrá haber lluvia de estrellas, noche de perseidas, lágrimas de San Lorenzo; podrá haber lluvia de ideas en cualquier competitivo despacho de marketing; pero ya no hay lluvia de besos, de abrazos, de solidaridad, de alegría o de agua limpia.
¿Por qué digo todo esto? Porque me cansé de ser indulgente con quien no lo merece:
Porque no nos dejan expresarnos libremente.
Porque no son capaces los que se hacen llamar “nuestros gobernantes” de anteponer nuestros intereses a los suyos…
Porque la miseria atrapa cada esquina de cada ciudad…
Porque no dejan de ocurrir catástrofes que en pleno siglo XXI ya deberían estar controladas…
Porque estamos destruyendo un planeta y un universo impresionante…
Porque dejó de asustarnos lo sobrenatural…
Porque la belleza se ha convertido en una guerra sin tregua de blogueras sin estilo ni elegancia, que se hacen hueco en cualquier programa de televisión…
Porque las reyertas, cada vez más frecuentes, entre padres separados, dan lugar a hijos infelices…
Porque vivimos aislados en el bucólico paraje de nuestro hogar (los que tenemos la suerte de tenerlo) para que no nos hagan daño…
Porque la emoción de antaño es la insensibilidad de hoy…
Pero no teman, para esta lluvia ausente, existe un paraguas poderosísimo, raro es que no lo hayan inventado los chinos sino la psicología occidental, pero ya verán cuando se enteren, lo patentan, lo hacen irrompible y vuelta a empezar.
Este paraguas es muy especial y está presente en muchos momentos de nuestra vida, logró escapar de la terrible cápsula del tiempo. Está hecho de un material tan poderoso que ríete tú de la capa de Águila Roja. Crea felicidad dentro de cada uno de nosotros, nos hace tener un pensamiento positivo, nos ayuda a no buscar la aprobación, a sentirnos seguros de nosotros mismos y a aceptar con deportividad el fracaso; hace que asumamos nuestras responsabilidades, que pensemos que siempre hay una solución, nos enseña a sonreír, a relajarnos, a saborear un rico helado, un recién horneado bizcocho; nos dice como abrazar desde el corazón y nos hace fuertes y serenos ante los cambios. Si lo hubieran sabido en Star Treck… Un escudo así no lo ha tenido jamás un superhéroe.
Y ahora dirán, ¿dónde lo compro? Yo quiero ser feliz. Pues ese es el problema, no se vende, cada cual tiene que fabricar el suyo. Pero les aseguro que el tiempo invertido en ello, el esfuerzo y la constancia y poder contemplar nuestro paraguas terminado merece la pena. El mío además está decorado con mariposas, le he puesto olor a galán de noche y unos flecos muy bonitos con bolitas que me avisan cuando se acerca el viento… o las tempestades. Y lo llevo siempre conmigo. Para que no se me olviden las cosas importantes. Si lo abro y miro hacia arriba veo el mundo color de rosa. ¡Ánimo, a hacer paraguas anti-sequía emocional! ¡No más lluvia ausente!
Y ahora, antes de concluir esta reflexión, permítanme dos licencias:
Una, escuchar a Silvio Rodríguez (lo escondí bien para que no lo metieran en la cápsula del tiempo), necesito emborracharme de cantautores, de letras con sentido. También he sacado a Alex Ubago, a Jose Luis Perales, a Búmbury, por qué no, a Serrat, a Sabina, a Jeannette y a Mari Trini, que me emocionan, a Mocedades, Ismael Serrano, Marwan, Pedro Guerra, Rosana, Pablo Milanés, Taylor Swift, Missy Elliot y hasta ¡Kurt Cobain! (mañana resaca, pero de las buenas, de las que se curan con un suculento “brunch”, una gran dormida y la garganta aguerrida de cantar con ellos).
Otra:
Transcribirles aquí, porque no soy capaz de sesgarlo, el poema de Federico García Lorca “La Lluvia”, ni uno sólo de sus versos es capaz de no despertar en mí esas cosas que hace mi paraguas:
La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje! 
Esto sí es amor, ¡all you need is love!, feliz septiembre.



Lluvia redentora, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.



Y, de pronto, noviembre se echó encima. La casa enmudecida se hizo sombra de sí misma. Paredes negras. «Alud de tiempo frío y destemplado», pensó. El hombre aspiró su vejez. Su edad tejida con las vidas agostadas de otros tantos, la suma de sus yos: chiquillo —remotísimo y cercano—, joven, adulto, finalmente viejo.
            Fuera, repentino, el amarillo como ocaso de la tarde y de la vida. Arrebujado en la añosa butaca, agradeció el recuerdo de un brasero inexistente; retrocedió hasta palpar su calorcillo confortante; hasta fundirse con el niño que un día fue.
            El hombre siguió sentado. «Sentado eternamente», rumió.
            No dio la luz. Dejó los leños consumirse lentamente, rescoldos humeantes en la oscura chimenea.
            Dentro, otro amarillo; la lengua de las llamas casi extintas. «El fuego de la vida que se apaga», caviló.
            A las faldas de la mesa, un perro alzó los ojos apresando aquellas cábalas del hombre, su dueño. El fiel aliado supo, sin necesidad de raciocinio, que el silencio era el preludio de una ausencia prolongada, acaso perpetua. La tímida caricia confirmó la despedida, el gemido lastimero entre la noche ya incipiente.
            Hubo sombras repentinas en la calle. Murmullo grave de las nubes, los truenos apagaron el fulgor de atardecida. Tranquila, llegó la lluvia. La lluvia de noviembre, su lánguido repique. Antesala de tormenta desatada: de la llovizna al chaparrón.
            El hombre dejó de respirar. El perro aulló a una luna imaginaria, oculta por celajes de tiniebla.
            Los contornos de la casa se esfumaron poco a poco: muros, muebles, lumbre, animal, ventana picoteada por las gotas. El mundo y los minutos se olvidaron de relojes, tornándose confusos y borrosos, fundidos finalmente con el cielo ennegrecido, con el agua que manaba de su vientre…

            El viejo abrió los ojos. Ojos distintos. Miró y remiró alrededor. Después adentro. Había luz de lluvia y un arcoíris de la infancia en su mirada. El instinto se lo dijo sin dudar: era niño otra vez. Muy niño.
            El viejo se agitó en una cunita, ambiguo y casi ciego. Su llanto coexistió con los retazos de otra lluvia, de otro hogar y de otra vida.
            Antes de olvidar su pasado (tal vez sus pasados, ¿quién sabe cuántos?), el viejo supo que había muerto y renacido.
            En los últimos instantes, ligados fin y origen, dio gracias a la lluvia y su regalo, su nuevo nacimiento, su historia por vivir y por contar.


            Muchos años después, el bebé recordaría este momento. Con otro ocaso. Con otra lluvia redentora. 

Bendita la lluvia, por MARIA LUÍSA PÉREZ COBO.

   

   Bendita la lluvia que hace el milagro de que las aceras reflejen los árboles en el cemento. Bendita sea el agua, venga del cielo o del manantial, salada de mar o dulce de las fuentes. Bendita la lluvia que dibuja raíces en los cristales y rasca la tierra y abrillanta las tejas rojas y negras. Bendita lluvia que matiza los miles de grises de las nubes y entona pardos los raíles oxidados. Los caracoles pasean felices, los rizos se me ponen contentos y los gorriones se posan en los cables de luz como collares de pájaros, perlas vivas de plumas pintadas. Bendita sea la lluvia, bendita sea.





Como lluvia, por JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN




Todo cae como lluvia,
como lluvia todo,
mi cuerpo, mi pelo, mis ojos
y mis pensamientos

Todo es como lluvia
que va del cielo al barro,
lenta lluvia
que llega a la tierra
sin esperanzas de poder levantarse.

Lluvia soy,
me siento bajar en mil trozos,
ya estoy en el suelo
y sé
que nunca estaré tan alta
como ese momento
antes de haber nacido,
ese momento,
cuando aún no había empezado a caer.


Lluvia, por JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN.