jueves, 18 de abril de 2024

Entrevista a Santiago A. López Navia, autor de Pasmos de Tediato.

 


Revista Ahorateleo

Editado en Guadix, Granada 

por Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul"

ISSN  2952-5721

 

Querido Santiago, háblanos un poco de ti

Soy catedrático de Literatura en la Universidad Internacional de La Rioja, en cuya Facultad de Educación desempeño la responsabilidad de vicedecano de Investigación, y compagino mis tareas académicas con la creación literaria y las labores de editor como miembro del comité editorial de La Discreta, que este año conmemora su vigésimo quinto aniversario fiel a su lema: “Náufragos en tiempos ágrafos”.

 

¿Qué podemos encontrar entre las páginas de Pasmos de Tediato?

Una respuesta comprometida a sentimientos muy diversos –sobre todo la extrañeza, la decepción, el dolor, la denuncia y en alguna ocasión una rabia indisimulada, pero contenida y tamizada por la sátira y el humor– planteada en tres partes, protagonizadas por sendos heterónimos: el poeta dieciochesco Tediato, Sir Yago de la Eterna Encrucijada, caballero aventurero ma non troppo, y el grumete James Wolfson.

 

¿En qué ingrediente reside la fuerza de este libro?

Quisiera pensar que la principal clave de este poemario radica en lo que enuncia la segunda parte de su título: la gravedad de lo leve, es decir, la posibilidad de expresar una reflexión profunda y necesaria (al menos para mí) en un registro muy diferente del habitual.

Esta propuesta me resulta más fácil gracias al despliegue de un aparato ficcional sustentado tanto en los tres heterónimos a los que me refiero en la anterior respuesta como en la autoparodia, representada por un editor también apócrifo, Dióscoro Vagalume, capaz de espigar en una bibliografía igualmente inventada los testimonios más adversos sobre mi poesía. El poemario vuelve, en este sentido, por el camino abierto en otros poemarios de tono grave (por utilizar un adjetivo que representa claramente la oposición a la levedad que preside Pasmos de Tediato), en los que me propongo recordar que la poesía admite la ficción tanto como la prosa. El lector informado –el lector habitual de poesía, en fin– sabe que lo que cuenta la voz poética no tiene por qué ser siempre verdadero, aunque implique la recreación de un sentimiento verdadero. Digo consciente y deliberadamente “verdadero”, no “auténtico”.

 

¿Cómo describirías tu trayectoria de escritor desde la primera publicación hasta esta última?

Entiendo que aquellos que me lean están más cualificados que yo para contestar a esta pregunta. Creo ser consciente, en todo caso, de haber intentado construir en todo momento una obra honesta, comprometida, cordial e inteligible, traducida en poemarios de temática y factura diferentes pero presididos por el mismo aliento vital. Aquellos que me han privilegiado con su lectura son conscientes, por cierto, de la importancia que el juego de la heteronimia ha representado, como una constante, en los libros que he publicado hasta ahora.

 

¿Cuál fue el último libro que leíste? ¿Por qué lo elegiste?

Acabo de terminar el último libro de Emilio Gavilanes, La orilla del camino. Leer a Emilio Gavilanes es una experiencia gozosa donde las haya en la que la sorpresa, la conmoción, el aprendizaje y el descubrimiento de los entresijos del mundo y del hombre marcan cada texto y cada página. Uno llega a la última página absolutamente seguro de que ha pasado algo; más exactamente, de que le ha pasado algo, y algo de verdad importante.

 

Y ahora qué, ¿algún nuevo proyecto?

Muchos. Tengo tres poemarios terminados en estado de reposo –creo que se entiende lo que quiero decir–, dos en proyecto y un libro de relatos a la mitad. Cada uno de ellos espera su momento y requiere su proceso. La creación literaria no se aviene con la prisa.


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