Un flamígero atardecer de sombras
contempla la cruel retirada
del eterno ejército enemigo.
Con el sabor a cobre de la derrota
prendido en los labios,
agotados en su abandono,
crepitantes entre las cenizas
de desalmados cadáveres,
muestran al joven mundo las alas
rotas
y los ojos atravesados por la ira y
la culpa primigenias.
Ángeles rebeldes,
en su día mensajeros
de una Nueva Vida
en la esperanza de la resurrección
de los anhelos más íntimos del
Hombre,
se retiran cabizbajos
y dolientes.
Sólo esperan ser arrojados
al torpe abismo,
aceptando sus destinos
como hace la nieve derretida
en su última primavera.
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