La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de septiembre de 2018

EL QUIJOTE APÓCRIFO, por Carmen Hernández Montalbán



Cada vez que se veían, el manco acordábase de toda su parentela, pues en mala hora fueron los artífices de la existencia de aquel cura de Avellaneda. Bien es verdad que algo de él sí tomó prestado para dar vida y aliento al singular hidalgo de La Mancha: su nombre, pues era Alonso como se llamaba el taimado clérigo, ladrón de su obra más eminente, aquel villano, con quien trabó amistad en la cárcel, en aquellos infaustos días en Argel.
Apretábanle por entonces unas calenturas que le hicieron desvariar varios días con sus noches en aquella gruta donde se refugiaron a la espera de que su hermano Rodrigo los rescatara del cautiverio. Durante esos días de postración, Alonso lo cuidó y le escuchó hablar, en sus delirios, del caballero don Quijote y su escudero Sancho, amén de sus disparatadas aventuras a las que el cura debió prestar más atención que él pues, pasadas las calenturas, fue el mismo cura quien le relató a don Miguel las tales peripecias, gestadas durante su enfermedad,  de las que él no guardaba memoria alguna.
En saliendo de aquellos percances, tras el rescate que de ellos hicieron los frailes trinitarios, acordóse el manco de aquellos anecdóticos episodios que Alonso le había referido y resolvió escribirlos, sin imaginar el rotundo aplauso que el manuscrito le reportaría.
Tras darla a estampa en la imprenta de Juan de la Cuesta, el libro debió llegar a las manos del clérigo impostor a la par que la fama que corría como la pólvora. Cotejó los beneficios que habrían de reportarle a su autor y compuso una segunda parte, después de todo, pensó: el manco no hubiera sabido nunca del loco caballero de La Mancha de no habérselo él contado. Con esta parte de obra apócrifa, puso en brete la autoría del Ingenioso hidalgo…, un año antes de que don Miguel de Cervantes sacara a la luz la  suya. Y aunque el tal Alonso ganó sus buenos caudales con dos ediciones, pronto la del manco arrasaría y le doblaría ventaja, por estar la del impostor plagada de erratas y falta de gracia. Por eso Cervantes, andado el tiempo habría de dedicarle unos versos para burla y escarnio del suplantador:

Mi pluma tomaste prestada
poniendo mi fama en un brete,
la tuya quedó denostada,
el manco le venció al bonete.

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