La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 29 de abril de 2014

Manifiesto por la lectura "Crisis de la lectura y lectura de la crisis", por Luis Alejandro Muriel Burgos (Biblioteca Pública Municipal de Guadix)


Crisis de la lectura y lectura de la crisis

Una reflexión para los mayores
pero que pueden escuchar los niños



Supongamos que alguno de nosotros tiene un problema. ¿Supongamos…? No. No hay nada que suponer; problemas tenemos todos: tal vez se trate de algún problema personal, familiar, económico, laboral, de salud… Por lo tanto, no hay que suponer demasiado: casi todos tenemos eso que hemos dado en llamar “un problema” ¿no es cierto? Bueno, a lo mejor, muchos niños y jóvenes no lo tienen…, o simplemente aún no acaban de verlo...
Existen algunos principios de organización mental que nos sugieren que para abordar un problema o una situación difícil que requiere buscar por nuestra parte la respuesta más apropiada, lo primero que tenemos que hacer es conocer a fondo esa situación problemática, comprender cuál es su origen, sus causas, sus características, sus consecuencias, las condiciones que la propician, etc. Es decir: conocerla a fondo y comprenderla nos permite reflexionar con rigor sobre ella y buscar las mejores opciones, cuál pudiera ser la respuesta más adecuada que podríamos darle.
Pongamos, por ejemplo, que queremos mejorar nuestra situación económica, sea esta la que sea, en estos tiempos de crisis. Para comprender la crisis económica en la que nos encontramos y cómo nos afecta a cada uno de nosotros es fundamental, entre otras cosas, leer… Leer nos puede ayudar a conocer cómo funciona el mundo, la sociedad, las relaciones humanas, nuestra propia mente… Y esta compresión es necesaria para buscar soluciones o respuestas realistas y eficaces. Primero, es conveniente conocer lo que nos dicen sobre el tema los diversos medios de comunicación. Pero no nos podemos quedar ahí: hay que conocer también lo que nos dicen los grandes economistas y los grandes pensadores a través de sus libros o artículos, los que nos dicen los diversos grupos sociales y políticos, lo que nos dicen las organizaciones no gubernamentales comprometidas en paliar los efectos de la crisis, etc. Conocer lo que nos dicen todos ellos, analizar, reflexionar sobre ello y tratar de comprender, de adoptar una posición personal al respecto, una respuesta sensata a esta situación en la medida en que todos somos parte de ella; en cierta manera, sus causantes y, al mismo tiempo, sus víctimas.
Nos resultaría muy útil comprender por qué esta situación social y económica a la que han dado en llamar “crisis” se ha producido. Cómo hemos llegado a ella. Ser capaces de analizarla de forma crítica e independiente, más allá de consignas ideológicas y políticas sesgadas o interesadas. Aunque no nos guste, no nos queda otra opción que partir de donde estamos. Estamos donde estamos. Y a partir de aquí ¿Qué hacemos? Esa es la pregunta. En realidad, esa pregunta solo tiene sentido si reconocemos que siempre, esté uno como esté, se puede hacer algo para cambiar, mejorar o simplemente paliar los efectos indeseables de la situación en la que nos encontramos, buscando alternativas y abriendo la mente a nuevas posibilidades que en otra situación ni siquiera nos plantearíamos.
Por eso una lectura selectiva, bien escogida, puede resultar de gran ayuda, buscando los temas en base a nuestras necesidades personales, familiares y laborales. Leer para clarificar nuestra mente respecto a cuestiones existenciales y espirituales, el sentido de la vida, la distinción entre lo realmente necesario y lo superfluo; para aceptar que vivimos sumidos en tiempos de frenético cambio y continua incertidumbre; para aprender o perfeccionar idiomas que amplíen la geografía de nuestro horizonte laboral; para formarnos en nuevos conocimientos y habilidades que nos abran nuevas posibilidades de trabajo; para formarnos, llegado el caso, como emprendedores y buscarnos la vida sin depender de una hipotética nómina, que puede que nunca llegue, que la perdamos, o que sea tan baja que no nos permita ni cubrir nuestros gastos básicos; leer, en definitiva, nos puede ayudar a tomar las riendas de nuestra propia vida.
Ante este tipo de coyunturas sociales no es suficiente quedarse en la simple queja, en esa ineludible dosis cotidiana de indignación que en los últimos tiempos aporta su puntito de amargor a todo café de media mañana o sirve de picante guarnición a todo aperitivo que se precie. Cáustico lamento que, todo lo más, utilizamos para justificarnos a nosotros mismos y dar salida a los malos humores; un desahogo no nos va a solucionar realmente nada. Se hace preciso ir más allá y adoptar resueltamente una actitud emprendedora y creativa que pueda ayudarnos a encontrar, antes o después, un camino que nos permita vivir dignamente. Ciertamente, no nos resulta demasiado rentable quedarnos en el victimismoculpabilizador sino que lo que más bien necesitamos es adoptar un compromiso social firme y consciente. puntual que
Con esta crisis nuevamente ha quedado claro que no podemos delegar totalmente la plena responsabilidad de nuestra propia vida, ni la de los nuestros, en los poderes públicos. ¿Qué hacer cuando estos poderes públicos no cubren o no atienden debidamente las necesidades básicas de buena parte de sus ciudadanos? Esa es, precisamente, una de las grandes enseñanzas de esta crisis, que no habría que olvidar.
En tiempos de crisis necesitamos aglutinar todas nuestras fuerzas, toda la energía de nuestra fe y confianza en nosotros mismos, pero a la par, necesitamos confiar en los demás, bridándoles nuestra ayuda y apoyo en la medida de nuestras posibilidades, estando dispuestos a unir nuestros esfuerzos con otras personas para perseguir metas que, estamos seguros, difícilmente lograríamos alcanzar de forma aislada. Y en eso precisamente consiste lo que podemos aprender: a caminar cada cual por donde le toque, pero respondiendo de forma constructiva a las urgencias personales y sociales que se nos cruzan por el camino, con la mente abierta y haciendo frente a los inevitables miedos de un futuro incierto.
Para que todo este necesario proceso de cambio personal podamos planteárnoslo con rigor, se precisa escuchar, dialogar, reflexionar y por supuesto, también leer… Leer es solo el inicio de una buena parte de los procesos de cambio. Pero se trata de un inicio que paradójicamente se encuentra en todos y cada uno de los pasos de ese camino. Porque la lectura es uno de los pilares de la cultura. No me refiero a la cultura académica que tiene como fin un título universitario o una profesión bien remunerada. Me refiero a una cultura que no hace al ser humano más engreído sino más modesto; que no lo hace más conforme sino más crítico, más libre y con más recursos. No me refiero a la cultura que permite escalar puestos de poder sino a la que permite bucear de forma entrañable y compasiva en la condición humana. Me refiero a un concepto de cultura similar al que recoge Unamuno, escritor y filósofo, en la siguiente frase:
«La libertad no es un estado, sino un proceso; sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe. Sólo la cultura da libertad... No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura. Sólo la imposición de la cultura lo hará dueño de sí mismo, que es en lo que la democracia estriba».
Luis Muriel Burgos

miércoles, 16 de abril de 2014

Fallo del I Certámen de Relato Breve "Guadix en el Día del Libro 2014"




Hoy día 16 de abril de 2014, tras la deliberacion del jurado, se da a conocer el nombre de la persona ganadora y de los 4 finalistas del I Certamen de Relato Breve "Guadix en el Día del Libro". El relato ganador y los 4 finalistas serán publicados en distintos medios digitales y en papel. Al ganador se le hará entrega de un lote de 6 libros, y a los relatos finalistas de un libro. La entrega de premios tendrá lugar el día 23 de abril a partir de las 18 h. en La Fiesta del Libro, que tendrá lugar en el Teatro Mira de Amezcua de Guadix. Nuestro agradecimiento a los numerosos participantes de este certamen y nuestra enhorabuena a los galardonados.

1º Premio del I Certámen de Relato Breve "Guadix en el Día del Libro 2014":

18511 de Doña ADORACIÓN DE LOS REYES DELGADO GARCÍA.

Finalistas:

Las dos orillas, de Don FRANCISCO JAVIER FRANCO MIGUEL.
El precio de la desesperación, de Don JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ.
De infancias y nostalgias, de Doña ALICIA MARÍA EXPÓSITO.
Pastelito, un hombre de color rosa, de Don CUSTODIO TEJADA.

¡ Feliz Día del Libro!

martes, 15 de abril de 2014

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 11, 15 de Abril de 2014 "De dioses y religiones"


Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN 2340-8634


SUMARIO


Portada, por JORGE PASTOR SÁNCHEZ.

ARTÍCULOS:



RELATOS: 








PROSA POÉTICA: 



POESÍA:











FOTOGRAFÍA:




DISEÑO ARTÍSTICO: 










Eres esperanza, de ESNEYDER ÁLVAREZ



Eres Esperanza


Te pensamos,
te oramos,
te pedimos,
te buscamos,

Muchas veces solo  te recordamos en nuestras tristezas,
en nuestros fracasos,
en nuestros espacios de soledad.

Pero en el corazón,
en nuestras vidas,
en nuestro futuro,
siempre tú  Dios del cielo estarás.

Porque tú eres nuestro compañero,
eres nuestro amigo,
eres nuestro padre,
y ante todo, eres nuestra esperanza.






Caballo alado, por ANTONIA PILAR VILLAESCUSA RIUS.




Era blanco
majestuoso y vivaz.
Cabalgó volando
horas y días
meses y años sin parar...
Tenía alas de terciopelo
suaves y enérgicas
que aleaban al viento
y ahuyentaba los malos espíritus...
Bajó del cielo un día
cansado de buscar
a un Dios eterno que lo hiciera inmortal,
más al no hallar lo que buscaba
decidió marchar
huir hacia un mundo terrenal
donde muchos Dioses si eran eternos
y venerados con amor…
Y en ese cabalgar ufano
triste y enojado
halló la paz de un momento
cuando pisó tierra firme
y en ese instante de serenidad
miró a ese cielo irresistible
y al verlo tan lejano
se preguntó:
¿Qué hacía un Dios tan lejano de la gente?
¿Dónde se escondía?
Más de pronto se miró a un espejo que en la tierra dormía
y sorprendido comprobó
que él, era ese Dios que tanto buscaba.


Buscaría..., por LUCÍA NIETO OLIVER


Buscaría un cubanito santero,
para que entre palabras de chocolate,
y perfume de flores blancas
que las olas me traiga ese gran amor que un día marchó.
Buscaría a Jesucristo.
Rezando una oración,
para recibir una visita suya regalándome luz,
cada vez que el día se me oscurezca...
Brindaré con la Diosa Afrodita y
 nos beberemos, una pócima mágica
para bañarnos en leche de rosas blancas...
Mi mayor paz la buscaré, entre música de cuencos tibetanos,
 abrazando al gran buda dorado,
con estrellas de amor y paz.
Y allí me retiraré en los últimos días de mi vida,
 meditando conmigo misma, 
conjuntando mi alma espiritual,
sobre el baile de un eterno y suave sol.

Nido vacío, por MARÍA PIZARRO





Han sacrificado a dios
renunciado a vivir su paraíso
qué solo  dios sin el hombre
qué triste dios con su casa
abandonada.
Hundido a preguntas
sobre la certeza
de su no existencia,
tú dios ajeno a la sabiduría
aborreces
en  soledad  tu  falso universo
nido vacío
qué triste dios sin los hombres
abocado al exilio
en busca del espejo
dónde reconocerse



  



Ecos, por NICOLÁS CORRALIZA

ECOS


Los de tu voz tardía, apenas murmullo
en los arrabales de la memoria.

En el tiempo transfronterizo donde la juventud
se torna arruga plateada
y la ausencia dominical, es silencio de patio y escuela.

Más allá sobre el horizonte,
 
donde crecen los sueños,
sólo quedan ecos de la Victoria.
 

Trataba de olvidar que fuimos libres
pero hay ruidos perceptibles, dolores que aún dañan,
que imposibilitan la floración de la sonrisa.

Hay un hombre que llora
al final de la fila del desencanto.
Sólo el dios de la lluvia le brindó su piedad.

Tiempo impropio, de ALICIA MARÍA EXPÓSITO






Vagando está
mi espíritu harapiento,
mendigando lugares y tristezas
ajenas, por perdidas.
Quisiera germinar
la plenitud que anhelo,
pero la realidad
se fragmenta y se pierde
en demasiados dioses
por mí desconocidos.

El latido lejano
de un corazón en sombras
no será suficiente.
En esta insustanciosa
sucesión del sueño
que no es más que el olvido,
no volveré a ser yo.
Otros serán
los que mi fe soporten
y otros darán
mi vida por perdida.

Apátrida de todo sentimiento,
exiliada de todos los sentidos,
desterraré mi sed, si eso es posible,
por esta estéril tierra que sostiene
la verticalidad de un mundo impropio.

Padre nuestro, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS.



Padre nuestro ¿dónde está tu cielo?
quizás en la cola de los desahuciados
camino de la tierra prometida.
Santificado es tu nombre 
dondequiera que alguien luche
por ser libre, en busca del reino
inmune a la voz de fantasmas
adictos a la bendición de una cruz.
Tu voluntad la sueldo a veces al desvarío
del rezo de almas que ya no saben de gritos
ni del descanso del silencio del alba
ni en el cielo, ni en la tierra.
El pan nuestro tendremos que ganar
como recompensa a un largo día
que empujará al siguiente aun oculto
en la recámara de la prudencia, furtivo
de deudas que tú perdonarás.
El plazo para el perdón nunca llegó
ya que nunca tuve enemigos a los que perdonar
pero si suplicas de comprensión que caerán
en la tentación con vistas al mar.
Cuando llegue el desbarro empuña a la noche,

que no me coja solo mas líbranos del mal. 

Octavas reales-Mito de Dafne y Zeus (Égloga del pétalo dormido), por INMACULADA JIMÉNEZ FERRERO


XXIV

el rey Acrísio al Oráculo se acerca,
para que esta duda, mude a certeza,
y saber si sonríe esta suerte terca.
El Oráculo aclama con firmeza,
que su heredero ya está cerca.
Mas la alegría en tristeza se torna,
con  su sangre el nuevo rey, el reino adorna.


XXV

entre un gris fulgurante el cielo truena.
Su alma repite: “¡La muerte llega!”
y un nudo en el pecho le apena.
Acrísio libertad a su hija niega,
a no ver la luz del sol, la condena.
A Danae en una cámara encierra,
y un gemido, oscurece la tierra.


XXVI

seis muros severos, como una espada.
Seis para que las pasiones no ardan,
y la suave hendidura esté callada.
Seis indiferentes que nada aguardan,
seis crueldades, que no ordenan nada.
Mas estos seis no esconden el alma,
y Zeus entre grietas rompe la calma.





XXVII

el alto cielo usó por camino.
Cayó en el vientre que estaba dormido:
hermosa suerte, hermoso destino.
Danae a su amante ha cedido,
tomado el castillo se cumple el sino.
Radiante como el Sol, nace un niño,
rubios cabellos, piel de armiño.


XXVIII

Zeus entre nubes en silencio estalla.
El cielo llora, el viento brama,
y Danae temerosa: mira y calla.
A los dos repudia, así lo proclama,
maldice esta suerte: cruel y canalla.
En un cofre negro, a los dos guarda,

y el mar compasivo triste  aguarda.

La quimera del ser, por DORA HERNÁNDEZ MONTALBÁN


I

             El caos original: pura infinitud, tal vez blancura o implacable oscuridad. Vertiginosa negrura vaciando la cosmología del tiempo, derramando un embrión de océano; y el negro de la noche invadiendo el todo o la nada: esa profunda oscuridad que nada sabe del llanto y todo del sollozo. Ocultando el ojo acuático, el futuro pez de las lágrimas.
            El universo más viejo que las primeras estrellas, apenas un vestigio de luz, ínfimos granos de luz vagando por el espacio, acoplándose en desordenada amargura, uniéndose mediante amorosas explosiones en astros ardientes.
            Sucedió antes de que la luna fuera, y la tierra fuera, tal vez cuando todo fue helio y cúmulos de galaxias, y más galaxias en el espacio inmenso. El vasto espacio sembrado de soberbias islas galácticas, lumbre láctea esparcida y esferas incandescentes.



II

Sucede la luz, la materia, tal vez ambas a un tiempo pero ¿en qué himen se presintió el hombre, en qué matriz cristalina? ¿de qué sustancia eterna se hizo la armonía del cuerpo?.
Luz y calor, pero ¿y estos cristales mágicos, estos microscópicos imanes, estas olas congeladas?.
¿Qué remota región es esta en donde sólo existe el hielo? Asteroides de perfecto hielo interestelar suspendidos e ingrávidos. Prismas protegiendo líquidos elementos a los que la luz otorga insólitos colores, mutaciones infinitas, infinitas mutaciones danzando, entrando y saliendo en espirales de luz. ¿Qué es esto? Agua apenas presentida; líquido elemento contenido en un recipiente cósmico. ¿Qué es esta nebulosa traslúcida sino el color del tiempo? La potencia de la luz creando y destruyendo simultáneamente…, territorio incierto. Y acaso las estrellas recién paridas siguiendo indiferentes su curso.

III


Y cuando la tierra ya era, sucedió que llovieron sobre ella crisoles de vida, y el cuarzo y la arcilla quedaron hechos piel, blanda tierra esperanzada, imán que suplicó a una estrella la luz inasible. Arcilla solitaria prolongándose en el anhelo de un océano embrionario todavía. Y llovieron sobre ella millones de crisoles de vida, inundando cárcavas, vacíos, hondonadas, túneles, cráteres humeantes, aire, fuego y agua gravitando y únicamente sostenidos por el hilo invisible de la luna. Contenido el crisol de vida, el ojo acuático parió al pez de las lágrimas que vagó por el abierto mar de la melancolía, junto a peces de hastío que nadaban hacia la profundidad de los abismos, por donde van los peces ciegos y solos, por el camino negro galopando el agua helada, cabalgando el oxígeno. Los primeros peces, siniestros nadadores, cierran los ojos y miran dentro de sí mismos, sienten cómo les bombean las sienes mientras hieren a cuchilladas la negrura infinita, el territorio silencioso del alga azul.

Noche de difuntos, por JAVIER FRANCO



“Que numerados están
los días que has de vivir,
y que tienes que morir
mañana mismo, don Juan.”
José Zorrilla. Don Juan Tenorio.

Llevaba tres días caminando perdido por la sierra, sus últimas provisiones habían agotado su límite, y tan sólo le quedaba un poco de picadura de tabaco que carraspear su dolorida garganta. Asió un puñadito entre dos dedos, lo extendió parsimonioso sobre la palma de su mano y, sacando un papelillo, lo envolvió, lo lió y a un golpe de agrietada lengua cerró los últimos cabos, machaconamente su encallecida mano volteó la rueda sobre la piedrecita que escupió sus chispas sobre la anudada yesca. Ingirió el humo procedente del artesanal cigarrillo como quien devora ansiosamente un deseado manjar. El picor de la garganta se introdujo a punzadas hasta los últimos rinconcillos de sus bronquíolos y pulmones. Manuel saciaba así la sensación de hambre que llevaba arrastrando como una pesada carga durante aquellos tres aciagos días.
No sabía dónde ir y sabía que no podría volver, todo el pueblo estaría alborotado alrededor del sangriento cadáver de su hermano tirado sobre el arenado suelo de la entrada de la cueva, su navaja, aquella que adquirió en la estación de Albacete cuando iba a Barcelona a cumplir el Servicio Militar, estaría allí, abierta, sangrante, como un ángel vengador al lado del cuerpo yacente. ¿Y cómo decir a los cuatro vientos, mirando a la cara de sus conciudadanos, que él no había sido?, ¿que no sabía quien había sido y que nunca podría saberlo?
Fue una noche fría y turbia, extraña, con el viento ululando entre las ranuras de las mondas mandíbulas de los cerros, a cada soplo de viento un enorme quejido rompía los tímpanos en las profundidades de los barrancos, y dentro de la cueva el microclima constante, que nunca sabe de estaciones, se había tornado frío, helado y húmedo, turbulento como la turbulenta noche, aquella noche previa al día de los difuntos.
Por la tarde Manuel y su hermano habían estado limpiando la cruz de metal morroñoso que se clavaba sobre el montón de tierra, que servía de túmulo al lugar donde reposaran los huesos de sus fallecidos padres. Sobre la montañita de tierra depositaron unas pocas flores silvestres, que ellos mismos habían arrancado de las pocas zonas verdes de los cerros, donde se criaban entre ortigas. Tras ello, encendieron dos velas, que al instante se apagaron; tornaron a encenderlas y su pabilo carbonizado no quiso ejercer más como mecha. Comenzaba a oscurecer y los dos hermanos se encaminaron juntos hacia la vacía cueva, tan vacía desde el día en que sus padres fallecieron. Aparecieron juntos sobre su cama hacía ya un año una noche de difuntos como ésta; no tenían señales de violencia, no tenían indicios de ningún mal, pero quedaron allí como dos estatuas yacentes hasta que su hijo Ramón llegó con la mula de trabajar en la huerta, descubriendo el macabro, a la vez que sereno, escenario.
Manuel trabajaba por entonces en Barcelona, donde había quedado tras licenciarse de su servicio de armas, como peón de la construcción en una gran empresa catalana del ramo. Cuando supo la noticia tomó un expreso rumbo al sur tan pronto como pudo, tardó prácticamente un día en llegar y ver a sus padres amortajados casi en la misma posición en que Ramón les había hallado. El médico dijo que les había fallado el corazón, pero aquella explicación resultó extraña a todos, ellos nunca padecieron ningún mal conocido y resultaba extrañísimo su fallecimiento coetáneo y con señas incluso de placidez. La ciencia no supo, no pudo o quiso dar más explicaciones, y la única verdad reconocida de los hechos quedaba sepultada en la corteza de la tierra, bajo un artificial monte calvario rematado en una única cruz.
Manuel ya no regresó a Barcelona, y ambos hermanos quedaron a convivir hermanados en las entrañas de la cueva, que de por siglos fuese la madriguera familiar. Trabajaban la huerta de sol a sol, de vez en cuando recogían esparto entre los secanales, y por la noche al fulgor de la candela en el hogar de la chimenea, asaban papas o tocineta veteada, mientras el vino turbio de aquella tierra agreste regalaba sus estómagos de ambrosías que alcanzaban a la mente, nublando las desdichas e hilando, una con otra, las monotonías que conformaban el paso eterno de los días, tan sólo marcados por la sencilla misión de la supervivencia.
Aquella noche, la noche que hacía el año, la lluvia fina pero constante fue filtrándose por todas las oquedades abiertas en el caparazón del cerro tallado que les servía de habitáculo, y el ritmo del viento fue una canción mortuoria, una macabra danza como de las que en su día asolaran los campos europeos en los malditos tiempos de la peste. Parecioles que la montaña crujía a cada silbido, como un latigazo del viento, y los candiles mecían sus linternas de un lado para otro al ritmo del funerario canto. La leña crepitante en el hogar les pareció crecer y dibujar siluetas humanas, en un instante Ramón llegó a gritar “¡padre!”, pero sólo le respondió machacón el viento. Manuel le miró asombrado, mientras cortaba tocineta con su navaja manchega, a él no le pareció ver nada entre las llamas.
Al instante, un aire frío recorrió los túneles de la vivienda cortando como un sablazo el hogareño ambiente a su paso. Ramón de nuevo se sobresaltó. Manuel se levantó, asió un candil y miró en su derredor. No vio nada. Ramón tampoco vio nada. Pero era evidente que en la cueva algo, alguien, una esencia... cohabitaba junto a ellos. Apenas mirándose el uno al otro, sin articular palabra, sabían que estaban sintiendo la misma sensación, reconociendo aquel paranormal acompañante. La llama creció y creció en el hogar de la chimenea y pareció alzarse como alcanzando la corpulencia de un ser animado. Los dos hermanos recularon un paso hacia atrás, pero toparon como con una pared de frío hielo, que les dejara atrapados. Manuel apretó con fuerza las cachas de su navaja, pero sintió como si estas le quemasen y arrojó al pronto la navaja al suelo. Los hermanos se sentían atrapados entre el ser de fuego que salía de la chimenea hasta ellos y la pared de aire helado que cortaba su retirada 
La fotografía de sus padres, ya algo amarillenta, que enmarcada presidía la pared principal de sala, saltó de su alcayata y voló en segundos hasta el fuego que pertinaz la devoró. Volvió entonces a quejarse con fuerza el viento, y en la sólida llamarada quedó, esta vez sí claramente, la figura de los padres. El miedo dio paso al pánico, y el pánico a la inmovilidad, al estatismo del que no sabe, no concibe lo que está ocurriendo frente a sus retinas. A ambos hermanos les asaltó la mente la frase del padre fossor durante el sencillo sepelio: “murieron para vivir”.... El propio fuego esta vez balbució con nitidez: “murieron para vivir... murieron para vivir”, y Ramón de repente se agachó, tomó la navaja de su hermano y franqueando la muralla de aire helado se dirigió a la entrada de la cueva, donde cayó inerte.
Manuel le siguió, a Ramón le chorreaba la sangre por el costado, y la navaja abierta y quieta reposaba a su vera, “yo n’he sío, yo n’he sío...”, reiteraba para sí Manuel, tomando el camino de los cerros, con tan sólo su morral de faena, con el pan, el queso y el tocino que le sobró de la jornada laboral anterior.
Vagó, vagó, vagó. Recorrió la sierra durante tres días, hasta que paró para encender su último pitillo. Se asomó al borde mismo del abismo serrano. Observó las peñas picudas del fondo, cuyos filos acuchillados le reclamaban para cumplir una sentencia o un deseo inconcluso. Manuel arrojó el rescoldo final del cigarrillo al abismo que fue chocando roca contra roca hasta perderse de su vista. Después dio un salto y se arrojó él también, mientras su dolorida y carraspeada garganta gritaba: “¡Muero para vivir!”.



Era prácticamente el alba del día de difuntos, cuando el cabo Merayo, altivo con su capote, su bigote, su tricornio y su máuser, ascendía la cuesta acompañado de los guardias Rodríguez y Mejía, en dirección a la cueva de los Mohinos, donde a su entrada había sido hallado el cadáver de Ramón, el hijo menor de Manolo el “Mohino”, quien hacía justamente un año que había fallecido junto a su esposa en el interior de aquel mismo umbral; la navaja de Manuel, el hermano de Ramón, restaba ensangrentada junto al inerte cuerpo sin vida, en cuyo costado la sangre había dejado de brotar, y una laguna pastosa y parda empantanaba el terroso suelo que abría en explanada la imagen de la fachada encalada de la cueva.
El cabo, sagaz, reconoció el arma y pensó que tenía resuelto el caso; los vecinos se agolpaban alrededor del lugar de conjunción entre la comitiva y el cuerpo presente, había quien decía: “ceñalá noche, ceñalá, hace un año lo’ pare’ y’agora er’ijo”. Otro lugareño más familiar asentía: “er Manolo, er Mohino, er día que la parmó dicía c’abía encontrao argo dentro la cueva, argo mu raro, y cuando zu hijo Ramón llegó y vio lo’ muerto’, a zu’ pare’, no zabía na de na y la cueva z’a llevao er cecreto”. Un vejete de arrugado rostro y calada boina, rechupeteando un irregular pitillo, se acercó al grupo y entre dientes aseguró: “ciempre ce zupo que la cueva lo’ Mohino’ ‘ta mardita, ciempr’an pazao coza’ rara’, ciempre, mi lo dicía mi pae, a mi pae zu pae, ta cueva ‘ta mardita”. Y un profundo y sepulcral silencio, como mecido por la brisa, envolvió con su nube a todo el grupo.
El cabo, tras escuchar los comentarios, quedó pensativo y señaló a Mejía que restase en la entrada y que nadie tocase nada en la escena del crimen, y con Rodríguez se adentró en el interior del habitáculo. El fuego del hogar se había consumido y las ascuas carbonizadas en su agonía guiñaban algún que otro brillo, en el rescoldo se advertían los restos de la enmarcadura de un cuadro y trozos del cartón amarillo de un retrato de familia. Merayo tomó el badil que colgaba de un clavo al lateral derecho del hogar de la chimenea y removió con él los rescoldos, no vio nada más que los restos fotográficos y del marco y alguna patata totalmente convertida en una pelota de carbón, volvió a colgar el badil de su clavo, y de pronto del fenecido carbón surgió una llamarada, una lengua de fuego estirada por el gaznate oculto de la chimenea, que un instante tornó a replegarse y desaparecer, para mayor asombro de Merayo y Rodríguez.
“¡Joía cueva!”, dejó escapar Rodríguez, y el cabo asintió con la cabeza y con un tímido “sí, joía”. Recorrieron estancia a estancia el hormiguero, hasta alcanzar el último confín en el interior de la montaña, donde se amontonaban cajas con utensilios en desuso y herramientas herrumbrosas. Merayo movió las cajas y los trastos con tiento y mimo, como un profesional analiza los elementos antes de iniciar una esmerada tarea, hasta que dejó libre la última pared. Entonces, observó, que en la conjunción entre suelo y pared, la argamasa era de distinta textura al resto de la que conformaba la salilla. Sin duda era más reciente, deducía para sí el cabo, pero ya llevaba tiempo, bastante tiempo extendida.
El guardia de más grado ordenó a Rodríguez ir a buscar a un maestro albañil para levantar la argamasa, habría de descubrir que quedaba tras de aquel parcheado, quizá tuviese algo que ver con el asesinato o con el descubrimiento de Manolo el “Mohino” que le habían referido, o tal vez con ambas cosas. 
Llegó el maestro albañil con un capacho y una piocha, y Merayo le señaló que descubriese toda aquella masa de distinta textura, pero que hubiese cuidado de hacerlo con tacto para no dañar o perjudicar nada, para que todas las probables pruebas quedaren indemnes. Con su natural maestría, con la destreza del artesano que cada día realiza con tiento su labor, el albañil fue creando una oquedad donde la argamasa hubo, hasta que advirtió el paso hacia una nueva y subterránea estancia, hecho que con serenidad y alborozo señaló al del tricornio y bigote. Merayo tomó un candil y se adentró por el hueco, introduciéndose en la recién descubierta cavernosa estancia, allí en la luminosidad que despedía la aceitosa mecha, comenzó concienzudo la tenaz labor de observación.
Todo era lúgubre, todo oscuro, todo pequeño. Al fondo en un rincón se vislumbraban amontonados los huesos diminutos de restos infantiles; “una catacumba, un osario de niños”, pensó para sí; sobre los cadáveres había letras, “son latines, habrá que llamar a un cura”. Siguió recorriendo el recinto con la luz del candil viendo un altarcillo pegado a un lateral, también había inscripciones sobre el mismo, “otro trabalenguas en latinajo”; y más allá como un acceso a un pequeño pozo circular de un diámetro de sobre medio metro, todo el borde estaba tiznado de fuego, como si del interior bullesen en ocasiones llamaradas, y una nueva inscripción presidía el círculo, esta vez la inscripción estaba claramente marcada a fuego, “más latines”. De pronto, el sudor recorrió como un manantial su espalda, y la sensación de calor y frío al unísono embargó su espíritu, y raudo tornó afuera por donde había entrado.



“- ¿De qué te has acordado amigo? ¿Qué memorias te han dividido esas dos exhalaciones de fuego desde el corazón a la boca?”
Luís Vélez de Guevara. El Diablo Cojuelo.

Don Millán, el párroco de la ermita, llegó flanqueado por Rodríguez y Merayo a la cueva de los “Mohinos”; el cabo le había señalado lo descubierto y la existencia de inscripciones en latines. El cura quería ver aquello por si se trataba de un antiguo camposanto, y además habría que dar nuevo y santificado enterramiento a las recién halladas osamentas.
Atravesaron todas las estancias hasta que alcanzaron el último reducto donde se encontraba el hueco abierto a la argamasa. Uno a uno procedieron a irrumpir en el diminuto habitáculo, primero entró el cabo, luego el cura, y cerró el grupo el guardia numerario. Merayo alumbró primero la zona de los huesos y don Millán leyó en voz alta: “Mortui sunt uiuerent, «murieron para vivir», no es más que un epitafio funerario, ¡quizá sea un cementerio de los primeros cristianos de Acci!”. Prosiguió iluminando su guiada visita el cabo, y procedió a mostrar el altarcillo, y sobre él la latina inscripción: “Hic Mollokis ara est, «aquí está el altar de Mollok»… ¡Dios santo!”, y don Millán procedió precipitadamente a santiguarse, “¡un santuario pagano! Mollok era un dios infernal, el dios de los fuegos de Cartago. Esos restos de criaturas probablemente fueron sacrificados”. Al fin, la mano del graduado guardia sostuvo el candil extendiendo su luz sobre el circular pozo y su inscripción a fuego impresa: “Ante infernorum portam es”, y arrojó sobre las letras don Millán un chorreón del agua bendita que había portado en una botellita, “estás ante la puerta del infierno, ¡Dios, qué hemos abierto!”, y en el mismo instante del interior del pozo una intensa llamarada manó inundando toda la estancia, los cuerpos de cura y guardias ardieron como teas humanas y el cerro comenzó a temblar como si las entrañas de un volcán regurgitasen sus flamas.
Los vecinos se acercaron a la entrada de la cueva, y entre los crujidos del cerro observaron a un jinete de llamas abrirse paso entre las ranuras del cono exterior de la chimenea, y partir por los aires volando sobre las nubes. El tío Bancales, con su boina calada y su arrugado pitillo aseveró: “enyá lo dicía yo, ta cueva ‘ta mardita, mardita, mi lo dicía mi pae, a mi pae zu pae”. Y al fin, un decidido se abalanzó y atrancó la puerta, y los demás vecinos le siguieron y tapiaron con piedras, tochos de madera, lajas y arena la entrada, sin dejar rastro de lo que fue fachada de una encalada y alba cueva.



"Escucha el moverse de las campanas—
¡Herrumbrosas campanas!
¡Qué mundo de meditación solemne su monodia anuncia!
¡En el silencio de la noche,
Es cuando tiritamos de miedo
Al interpretar el melancólico significado de su entonación!"
Edgard Allan Poe. The bells.


Cuentan los nietos del nieto del tío Bancales, que en la noche de difuntos, cuando repica, machacona y parsimoniosamente, retumba, el campanón que corona la portada de entrada a la capilla, que en el interior del camposanto sirve para la realización de los litúrgicos ritos de los frailes fossores; que justo entonces, entre los cerros taladrados de cuevas, tres encapotadas siluetas van recorriendo las trochas, tres negras siluetas, como el carbón o las brunas sombras, tres siluetas que se pierden por los descampados; y que, siempre, instantes antes del amanecer, se introducen por lo que se asemeja a los vestigios de lo que pudiere haber sido chimenea en un cerro sin cueva. Su abuelo les decía que su abuelo le dijo que allí sí que una vez hubo una cueva, la de los Mohinos; ellos de la realidad de esto, ciertamente no saben nada

La cruz del nigromante, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.



1
            La figura cobró forma paulatina en la distancia, ondeante el estandarte sobre un cielo anaranjado. Los cascos del caballo levantaron, a su paso, una etérea polvareda. Tras advertir la arribada del jinete, Ibn Mumin —el eunuco, custodio del castillo— hizo una señal; al punto, la alcazaba del monarca quedó franca al caballero. Gruñeron las dos hojas del portón, encajadas bajo el arco de herradura, y el recién llegado ingresó, luego de atar su cabalgadura y sortear el laberíntico seno del fortín, en la pieza más íntima del rey musulmán.
As-Salam Aleykoum. Que Alá, en su infinita bondad, te muestre el camino de la fe verdadera. ¿Qué nuevas traes de las fronteras?
            El visitante inclinó sutilmente la cabeza, a modo de reverencia, y en su voz se hizo patente un inquieto enojo:
            —Mi Señor Al-Muqtadir. Las huestes enemigas progresan al otro lado del Cinca. La conjura de la Cruz se hace más fuerte cada día: Fantova y Torreciudad apenas soportan los embates cristianos; dos días ha, Benabarre cayó en manos del vizconde de Tost Arnal Mir, aliado del rey aragonés. Debemos contraatacar, reunir nuestro ejército y enviarlo a la batalla sin la menor dilación. No debimos subestimar al hijo del rey Sancho.
            Centelleó la ira en los ojos almendrados del rey taifa; los pliegues de su rostro aceitunado se fruncieron con un rictus de disgusto.
—Tus palabras se hunden en mi pecho como dagas, hijo de Fernando. Si lo que dices es cierto, y Ramiro se apodera de Barbastro, los infieles lanzarán su acometida contra el mismo corazón de mis dominios. ¡Hemos de impedir a toda costa que esas hienas tomen Graus! ¡Ten presta tu mesnada, príncipe! Al alba, mis huestes se unirán a tus guerreros en el paso de Grustán. ¡Cabalga! ¡Y que la mano de Alá blanda tu espada!
Abandonaba el aposento el caballero cuando, a su espalda, tronó el aviso resonante del feroz Al-Muqtadir:
—¡Recuerda, Gonzalo, ¡no ha lugar a la piedad con los siervos de Roma!

2
            Ramiro I, el hijo del rey Sancho de Navarra, fue muerto a las puertas de Graus a manos del árabe Sadaro, cuya astucia y buen disfraz lo trocaron en supuesto defensor del cristianismo. Signado por los dioses como primer rey del incipiente Reino de Aragón, antes Condado, la caída de Ramiro precipitó al ejército cristiano a una derrota inopinada y dolorosa. Como flor segada por el tallo, sin agua ni alimento, así quedó yerto su noble corazón, marchito el pálpito de aquellos que luchaban a su lado. Cruento final, una lanza le atravesó el cráneo de medio a medio, esparciendo un amasijo de sesos y sangre negreada sobre el campo de batalla.
            Desde aquel funesto descalabro, no hubo un solo día en que el heredero a la corona aragonesa, Sancho Ramírez, no urdiera en su mente ofuscada la más cruel de las venganzas.
            Embebido en tales cuitas, el monarca concibió los planes más osados y terribles. A resultas, decenas de heraldos fueron enviados al norte, más allá de las montañas, con misiones tan veladas que nadie, salvo ellos, conocía. Goteo destilado de aviesas intenciones, uno a uno los mensajeros regresaron a la entraña de San Juan de la Peña, al amparo de la roca formidable. Merced a aquellas confidencias que hicieron temblar a los monjes del monasterio-abadía, el vengativo rey no dudó en recurrir a las artes de Ermengol de Mazamet, taumaturgo emparentado con la estirpe Capétiens —y, por tanto, protegido de las garras del papado—, cuyo saber en el campo de las Ciencias Ocultas, según se hicieron eco los leales emisarios, no tenía parangón allende de los Pirineos. La erudición del alquimista y, sobre todo, sus temidos procedimientos superaban con mucho la potencia combinada de las armas y la fe.
El sabio hechicero, que hablaba y escribía varias lenguas (entre ellas la romance), quedó muy complacido ante la instancia del monarca requiriendo sus servicios en favor de la contienda contra el bando musulmán. Sancho Ramírez, impresa la crueldad en sus pupilas de acero, rumiaba día y noche su obsesión, y estaba dispuesto a todo. Y así, ofreció al franco cuantos medios y recursos estuvieran a su alcance con tal de ver saciada su sed de revancha. Ermengol, por su parte, sonrió sin tapujos mostrando unos colmillos lobunos —manantial inagotable de rumores—, al tiempo que sus labios se arqueaban con un rictus de malicia espeluznante.
—Antes de las nieves, la Taifa de Zaragoza será vuestra, mi Señor.

3
Las habladurías, veladas hasta entonces, cobraron bruscamente visos de realismo la tarde en que arribó al monasterio un carruaje cuyo único viajero, el lúgubre y enjuto nigromante, desató el pavor entre los monjes tan pronto echó pie a tierra, de tal suerte que la paz en la oración benedictina y su beatífica labor comunitaria sufrieron una honda conmoción, nublado aquel sosiego espiritual ante el cúmulo de intrigas vespertinas, de idas y venidas por los bosques en busca de hongos y especies rupícolas, de aullidos de ultratumba que arruinaban su descanso y sus plegarias. Alarmado por el tinte sacrílego de tales prácticas, el obispo Galindo congregó al séquito episcopal en pleno y partió desde San Pedro de Siresa, al norte del reino, con el propósito de mudar la decisión del soberano y expulsar sin miramientos al demonio infiltrado en sus confines.
Pero Sancho, obstinado en su ceguera biliosa, no trocó su decreto, y, a las pocas semanas, partió con sus milicias a la guerra contra el moro Al-Muqtadir.

Durante siglos, las crónicas de la batalla de Graus fueron silenciadas por la Iglesia. Ningún escribano osó contar aquellos hechos espantosos. El rastro de Ermengol quedó enterrado en el olvido y las huellas de su lucha en la cruzada perecieron bajo el manto del enigma y el misterio.
Hasta que un buen día, un monje que paseaba por la cima de San Voto, en la roca que corona San Juan de la Peña, tropezó con un saliente que emergía del terreno. Lo que en principio tomó como el canto de una piedra, resultó ser la cabeza metálica de una cruz soterrada. Al excavar, con ayuda de otros frailes, quedó al descubierto, igualmente sepultado, un oscuro manuscrito forrado en piel de cabra.
Con trazo agitado, en las hojas del añoso pergamino el anónimo cronista relataba aquel pasaje de la Historia largo tiempo amordazado. Un fragmento, en concreto, estremeció al propio abad al intuir las razones que impulsaron al completo ocultamiento del hológrafo y la cruz. Decía así:
«…las hordas musulmanas se aprestaban ya al combate. Entonces, aquél al que llamaban «el aliado del Diablo» bajó de su caballo y, portando como única defensa una espada afiladísima, se puso a la cabeza del ejército de Sancho. De pie, en primera línea, sin inmutarse ni pestañear, el franco desafió al rey musulmán con frases que sonaron con estrépito de trueno: súbitamente, el cielo se coloreó de sangre y un coro de graznidos abisales resonó por doquier con mil ecos. Al instante emergieron miríadas de aves necrófagas lanzándose en picado hacia las tropas enemigas; acto seguido, trotando en oleadas, una jauría de bestias peludas cruzó nuestros flancos y se abalanzó con saña inmunda sobre las líneas sarracenas. Antes de franquear las puertas de la muerte, el rey Al-Muqtadir espoleó a su corcel y, preso de una furia homicida, embistió al hechicero con su lanza. A los ojos de Nuestro Señor Jesucristo, Ermengol de Mazamet —a tal nombre respondía— debería haber muerto desangrado. ¡Mas, vive Dios, por obra del mismísimo Satán, no aconteció tal cosa!
Ese turbio amanecer ningún cristiano entró en liza: no fue necesario. El brujo, el demonio en persona y su cohorte de criaturas infernales masacraron sin piedad a cuantos adversarios encontraron a su paso.

Tras victoria tan insólita e impía, Ermengot donó su espada al rey Sancho Ramírez, subió a la montura y, a trote raudo, se esfumó en el horizonte escoltado por la turba de rapaces y criaturas. El rey de Aragón consagró el resto de sus días a la fe en el Altísimo. Entre sus últimas voluntades, decretó fundir el arma que Ermengol le entregara y convertirla, merced al buen hacer de los herreros, en una cruz cristiana. Por mor de esta ordenanza, la espada del Infierno fue trocada en símbolo de Cristo.»